La vela sobre la magdalena seguía prendida cuando Mark entró en el apartamento y encontró el cadáver de su novio tendido en el suelo. Se encontraba en medio de un charco de sangre brillante, con la estaca de madera que había causado su muerte sobresaliendo del pecho. Mark dejó caer su regalo de aniversario y se derrumbó, comenzando a llorar a los pies del cuerpo.

Los cazavampiros les habían encontrado al fin. Habían esperado a que Dima se quedase solo, para no “arriesgarse” a herir a un humano inocente como Mark. Un humano soñador que había caído en las garras de seducción del vampiro.

Dima le amaba. Ambos eran felices. ¿Quiénes se creían esos cazadores para decirle que su novio no era adecuado, que era un monstruo que solo le quería por su sangre? ¿Cómo se atrevían a ser jueces, a decidir el momento de la muerte de otro ser?

Mark apagó el amasijo de cera derretida. Posiblemente lo último que había hecho Dima antes de morir fue encenderla. Con ese gesto, juró venganza entre lágrimas de rabia. Venganza contra los asesinos de su novio. Venganza contra los cazavampiros.

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