El disparo retumbó en la calle desierta. Nico, que sujetaba la pistola, observó cómo el cuerpo inerte caía a cámara lenta. Incapaz de asimilar lo que acababa de suceder, se obligó a reaccionar. Recogió la mochila y comenzó a correr.

Se detuvo después de cruzar varias manzanas, el corazón se le iba a salir del pecho. Se metió detrás de unos cubos de basura y vomitó. Después se sentó en el suelo y comenzó a llorar. Había matado al que les vendía la medicación y le había robado la mercancía. No estaba planeado, pero todo se había descontrolado. Además había sido en defensa propia, y desde que sucedió el Gran Colpaso, ya no había leyes que lo pudieran condenar.

Se secó las lágrimas con la manga y se levantó. Miró el arma que tenía en las manos, la lanzó todo lo lejos que pudo y se dirigió con paso rápido hacia casa. No le gustaba dejar tanto tiempo sola a su hermana.

Cuando entró por la puerta, apareció un pequeño gato naranja que corrió hacia él para frotarse con su pantalón. Lo cogió en brazos y se acercó al dormitorio. Se detuvo en el umbral para mirar a Martina, que descansaba en la cama.

Aún estaba pálida, tenía moratones en los brazos. Se veían puntitos rojos por todo su cuerpo. A su lado había un par de pañuelos con sangre reseca con los que se había limpiado la nariz.

—¿Cómo estás? —le preguntó. Ella abrió los ojos y observó cómo su hermano se sentaba a su lado. El gato saltó para acurrucarse en su regazo.

Estaba más animada. Por fortuna, ambos tenían el mismo tipo de sangre y parecía que la transfusión había hecho efecto. Pero aún estaba demasiado débil como para moverse de la cama.

Ya estaba enferma antes de que todo colapsara y el mundo se volviera loco, entonces tenía controladas sus anemias e incluso estaba en lista de espera para un trasplante de médula. Pero ahora, sin apenas medios, la lucha contra su aplasia medular era muy dura. Aunque ella no se rendía. Martina era toda una guerrera.

—Mejor —respondió con tono cansado—, ¿has conseguido medicamentos?

—Claro que sí, hermanita. —Vació la mochila en la cama, que se llenó de cajas de diversos tamaños y colores—. Sírvete, tienes barra libre.

—Mierda, Nico. —Cogió una caja y miró a su hermano con preocupación—. ¿Qué has hecho?

Permaneció callado. No podía decirle la verdad, pero tampoco quería mentirle. 

Para ella el silencio fue suficiente respuesta. Bajó la cabeza para contemplar al gatito que tenía en sus piernas y se centró en el suave ronroneo. Sentir esa vibración la tranquilizaba, le recordaba que en medio del caos todavía quedaban cosas sencillas que disfrutar.

—No te preocupes. —Nico le acarició el pelo—. Todo va a salir bien.

—Lo sé —contestó ensimismada.

Claro que saldría bien. Sonrió. Nunca se había rendido y no lo haría ahora. Pronto se recuperaría y seguirían adelante. Buscarían otro sitio, cuidarían el uno del otro. 

Sabía que no ganaría su guerra, pero siempre estaría lista para la próxima batalla.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jesús @Jesus hace 1 mes

    Pues a mí me has dicho que tu relato era bastante malo y que el final era horrible pero yo lo veo muy bien. Además el final encaja mucho con tu personalidad. A mi me ha gustado

  • Rak Pyro's @dopidop hace 1 mes

    @Jesus, eso es que tu me lees con buenos ojos :P


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