Tener ELA es una mierda, pero podría ser peor.

Ya. Difícil de creer.

Por un lado, es un asco porque estoy encerrado en mi propio cuerpo, tendido en una cama, inmóvil por completo, en la habitación más exclusiva del mejor hospital privado. Por otro, es casi una bendición, ya que soy consciente de todo lo que sucede a mi alrededor, tengo mucho dinero y, bueno, he superado la media de supervivencia. Estoy vivo.

—Entonces, ¿le matamos, o qué? —Mi hijo mayor tiene los brazos en jarras

Al menos por ahora.

Nadie supera el ELA. Puedes aguantar más o menos tiempo antes de ir al otro barrio, pero de esta no se sale. Imagino que decidir qué vas a hacer una vez te diagnostican puede ayudar a enfrentarte a esta maldita enfermedad.

—A eso hemos venido. —El pequeño no deja de mirarme— ¿Le ahogamos con su propia almohada o envenenamos su gotero?

En mi caso decidí volcarme en mi trabajo. Era complicado hacerlo en mis hijos.

—En el fondo me da pena. —Suspira el primogénito—. Se tenía que haber muerto antes.

—Como mamá —apunta el otro cabestro—. Esto acaba esta noche, ¿verdad, Batman? —Levanta un transportín y oigo al gato ronronear en el interior.

—¿Había que traer a ese bicho aquí? Quería hacer esto sin testigos.

—Odio a este animal. En cuando acabemos con esto pienso soltarlo en la Casa de campo.

Cabronazos.

Tengo que concentrarme antes de que sea tarde. ¿He comentado que soy rico? ¿Y que trabajaba en el sector aeroespacial?

Con mi fortuna, conocimientos y contactos diseñé unas gafas para personas con dificultades de comunicación originados por sus problemas motores. Aquello fue antes de la sonda en el estómago y de la traqueotomía, cuando podía mover los dedos. Fue tan sencillo que, si pudiera, reiría. Son unas lentes de realidad aumentada. Proyectan un teclado virtual en el campo de visión de quien las utiliza y, mientras, una microcámara enfocada a la pupila del usuario identifica la tecla a la que mira. ¿Has visto Iron Man? Pues eso. Cuando termina de teclear lo que sea con lo que estuviera el usuario decide si pulsa el botón «Hablar» o «Enviar», en caso de que redactara un email o un tweet. Vamos, que escribo con los ojos. Justo como estoy haciendo ahora.

—Menos mal que no se entera de nada —susurra el benjamín de la casa.

—Claro que se pispa, idiota. —Le da una colleja. Yo haría lo mismo—. El coco le funciona a tope.

—¿Entonces ha oído que hemos venido a matarle? —habla incluso más bajo.

—Anda, calla y toma la almohada.

—Quítale esas gafas primero.

La puerta del cuarto se abre de repente y dos policías armados pillan a mis vástagos con las manos en la masa. Uno alza una jeringuilla envenenada. El otro tiene mi almohada por encima de su cabeza. Comienzo a teclear.

—¿Qué? —balbucea el pequeño.

—La cagamos, tronco.

Doy a «Hablar» y una voz metálica inunda la habitación.

—Habéis caído, pollos.

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