Los agradecidos habitantes del diminuto planeta Arrayán se agolpan entorno a los héroes, miles de manos estiradas se agitan para conseguir tocar uno de los flecos de su ropaje. Pétalos de flores, arrojados por pequeños semidesnudos, se mezclan junto al aroma de las especias y al sabor de la sal del desierto arrastrados por el viento. Los salvadores, maltrechos y heridos tras la gran lucha, caminan a través del pasillo humano hacia su nave de transporte. Arconte, la máxima autoridad local, entona un cántico de homenaje.

—¡Volved pronto!— El anciano, con lágrimas de emoción en sus ojos, interrumpe su canción para despedirse.

—Descuide —responde la capitana Nissa. Alza la voz desde el interior de una voluminosa armadura—. Si nos necesitan, regresaremos.

El piloto, Melquíades, maulla de satisfacción mientras Adam, el Salvador Postrado, flota en su silla autónoma. La tripulación alcanza su nave y cierra la compuerta. Tras unos minutos en los que las voces arrayanís invaden el espacio, la nave despega en medio de una gran polvareda rosada y atraviesa el cielo verdoso. Los tres soles azules, que apenas calientan lo suficiente, despiden a los héroes.

*

El interior de la nave está oscuro, apenas iluminado por un frío halógeno parpadeante. El gato Melquíades ronronea en un rincón mientras ajusta el mecanismo de la silla autónoma de Adam. Le relaja ejercer de mecánico, aunque de vez en cuando chilla de frustración y maldice en siete idiomas. Los ajustes con el destornillador sónico y la llama del soplete le devuelven la calma y continúa su ronroneo.

Adam está tumbado en la cama. Sin el apoyo mecánico de la silla, sus músculos atrofiados no pueden sostenerle. Los émbolos hidráulicos suben arriba y abajo bombeando oxígeno hasta su máscara nasal. Nissa, a su lado, embarazada de treinta y seis semanas, le sostiene los brazos mientras le asea con una esponja. Adam se estremece de dolor cuando su esposa frota sobre las magulladuras y escaras de la piel. Traga saliva e intenta hablar.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta con dificultad, reprimiendo un gesto de dolor.

—Cansada. —Baja el brazo y comienza a limpiar las piernas—. No te preocupes. Todo va a salir bien

—Estamos buenos, ¿eh? No deberías hacer esfuerzo. —Gira su cabeza hacia el vientre de Nissa—. Necesitamos unas buenas vacaciones.

—Un último encargo —replica el felino desde su rincón sin parar la tarea—. Tenemos un aviso de Luna Próxima. —Con el destornillador señala al piloto automático, activo en el cuadro de mandos—. Llegaremos en poco tiempo.

—No te preocupes, amor. —Nissa se levanta y se dirige a la nevera—. ¿Quieres un chocolate? Nos lo merecemos. Al fin y al cabo hemos salvado otro mundo.

—Somos unos malditos héroes. —Adam ríe y tose con violencia.

La capitana abre el refrigerador y coge las bebidas. Con dulzura abre una de ellas y se la acerca a los labios de su esposo.

—Vivimos —susurra a la vez que le besa. Con una mano se sujeta el vientre—. Esa es nuestra victoria.


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