Postrado en esta cama de hospital observo la lluvia golpear la ventana de mi habitación. El ronroneo del gato que tengo en mi regazo me reconforta. Me sumo en un estado de sopor que me invita a revivir mi pasado.

Entre las gotas de agua que juguetean en el cristal empiezo a vislumbrar imágenes de hace unos años.

Siempre he tenido la sensación de ser observado. Como si fuera el protagonista de un relato y alguien estuviese leyendo la historia de mi vida. Incluso en estos momentos me siento como si todo lo que me ocurriera estuviese escrito.

—Cariño, ¿vienes? —dice mi mujer dando unos golpecitos en el colchón.

—Sí, Vida, termino de escribir el relato y me acuesto —respondo medio ausente mientras tecleo en el portátil.

De nuevo esa sensación: yo escribiendo a la vez que soy leído. Sacudo la cabeza. Es imposible. Debe ser mi prolífica imaginación.

—Como tardes mucho me duermo —insiste ella casi ronroneando.

—Sabes que solo tengo hasta las doce para enviarlo. —Aparto por un instante la vista de la pantalla y le dedico mi mejor sonrisa.

—Bueno, creo que podré aguantar despierta un rato más. —Su risa picarona me termina de desconcertar y cierro el portátil.

—Así es imposible concentrarse. —Me dedica un gesto triunfal mientras me empiezo a desnudar.

Pero entonces ocurre algo extraño. Por el rabillo del ojo me parece ver a alguien frente al ordenador. Me vuelvo y estoy ahí sentado. Sigo escribiendo el relato. Al buscar la mirada de ella para confirmar mi alucinación, me encuentro la cama vacía, aún sin deshacer. Entonces lo recuerdo. Mi mujer falleció hace dos años. Las lágrimas inundan mis ojos y siento que me fallan las fuerzas.

De nuevo vuelvo a concentrarme en el repiqueteo de la lluvia en el cristal. Aunque todo eso forma ya parte del pasado lo acabo de sentir como si estuviese ocurriendo ahora mismo. Y otra vez esa sensación de ser leído.

Tras su muerte, a las pocas semanas, empezaron los síntomas: visión borrosa, vértigo, pérdidas de orina, cansancio. Hasta entonces había estado más sano que un roble. Me había autoconvencido de que podía ordenar a mi organismo que estuviera al cien por cien. Pero tras perderla le ordené todo lo contrario. De hecho le di instrucciones de que me devorara por dentro. Se ve que tiene predilección por la mielina, pues me provocó una esclerosis múltiple. Pero eso no me mató. Actualmente me tiene postrado en esta cama. Dependo de las enfermeras para sobrevivir. O dependía, porque ya no queda nadie. El mundo se ha ido deteriorando a la misma velocidad que mi organismo. A veces me pregunto si no será todo producto de mi imaginación. Si realmente estoy aquí viviendo esto.

No quiero morir de hambre, así que he tomado cartas en el asunto. Con gran esfuerzo conseguí hacerme con el cuchillo de mi última comida y abrirme el abdomen. El gato que se está comiendo mis entrañas sigue ronroneando. Pronto habrá acabado todo.

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