Me aliso el vestido con las manos y suelto el aire; la festividad de esta noche siempre ha sido de vital importancia en el pueblo, y sé que mi familia no tolerará que lleve ni un hilo suelto.

Comienza a anochecer, lo que significa que debemos salir pronto.

Padre y madre ya están en la plaza, ayudando con la preparación de los festejos, así que la responsabilidad de preparar a mis hermanos ha recaído sobre mí.

─ ¡Cecilia! Thomas se ha vuelto a manchar de mermelada.

Apago la vela de mi cuarto con los dedos, un gesto que a madre le horroriza, pero que a mí me aporta paz.

─Ahora mismo bajo ─le grito a Aria, mi otra hermana, y desciendo por las escaleras de madera.

─Avisa a William de que marchamos ─le digo mientras limpio la cara de Thomas.

Salgo de casa con mi hermanito en brazos, sin hacer caso de la canción que tararea Aria ni de los murmullos de William lamentando tener que ir.

Cuando llegamos a la plaza, recuerdo por qué Samhein siempre me ha gustado. La fogata resalta, naranja, contra el cielo de la noche. El olor del humo y las ofrendas a los dioses para pedir buenas cosechas siempre ha sido mi favorito.

Falta poco para que la música comience, aunque ya se escucha el maullido de un violín desafinado por encima de las voces de quienes van llegando.

─ ¡Niños! ─madre se acerca a paso rápido hacia nosotros, tirando de padre, y reparte besos─. Estáis preciosos. Venid, el posadero ha preparado carne a la parrilla.

Se me hace la boca agua mientras sigo a mi madre hacia el otro extremo de la plaza. Como siempre, la carne está crujiente por fuera y poco hecha por dentro, y aprovecho que mis padres están distraídos para olvidar modales y devorarla.

Apenas he acabado de comer cuando escucho a Charles, el hijo del posadero y mi mejor amigo, llamándome. Me doy la vuelta y corro en dirección a él para abrazarle.

Cuando nos separamos, me deposita un objeto entre las manos; se trata de una manzana verde y con la piel suave y fresca.

─Para la ofrenda ─dice, guiñándome un ojo, y yo le sonrío en agradecimiento. Con los nervios, me había olvidado de las ofrendas.

Mi familia, junto a la de Charlie, sale de la posada para acercarse a la hoguera. Todos depositamos nuestras ofrendas y, al poco tiempo, la música comienza a sonar para celebrar el año nuevo.

Como siempre, mi amigo me saca a bailar, y yo me agarro a él mientra. Todo el mundo dice que algún día nos casaremos, y lo cierto es que esa idea no me desagrada.

Aspiro el aroma de su cuello, feliz de compartir con él esta clase de momentos.

Sin embargo, mi felicidad se esfuma cuando la hoguera se apaga de pronto y un ruido ensordecedor llena la plaza.

No sé por qué, me asalta la certeza de que voy a morir.

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