Apuré la copa hasta el fondo y sentí el suave líquido caer por la garganta. Su sabor era dulzón y afrutado. A mi lado, Lucas reía de alguna broma, Nora canturreaba la última canción que había oído en la radio y George gemía y lanzaba ahogadas maldiciones. 

Dejé la copa sobre la mesa junto a la botella de licor. Lucas le revolvía el pelo a Nora y esta tironeaba de su collar de perlas. A su lado, George mantenía la vista fija en algún punto detrás de mí. Me giré pero solo vi la pared blanca, teñida por las sombras que nuestros cuerpos formaban ante la luz de las velas.

En el centro de la mesa estaba la calabaza que había vaciado para esa noche, rellena de chocolatinas y caramelos. Cogí uno y lo saboreé. Fresa ácida. Alrededor de la calabaza había seis velas aromáticas. El humo con aroma a jazmín que desprendían las llamas se quedaba atrapado en mis fosas nasales y me provocaba un ligero picor.

—Está ahí —gemía George. Sus pupilas eran dos minúsculos puntos negros—. ¿No lo veis? Es el demonio...

Nos mira. 

Nora y Lucas rieron. Yo probé un caramelo de limón. Noté la acidez en la lengua y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. George chapurreaba incoherencias frente a mí hasta que, de golpe, sus balbuceos se detuvieron. Nora y Lucas dejaron de reír y lo miraron. La cara de George se había convertido en una máscara inexpresiva. 

—Sí, mi señor.

Cogió la vela que había a su lado y juntó el pulgar y el índice sobre la llama para apagarla. Cuando apartó la mano, vi que las yemas de sus dedos estaban un poco enrojecidas, pero él no parecía sentir dolor. 

—Ha empezado.

Un repentino vendaval apagó todas las velas. Era raro, porque no había ninguna ventana abierta. Nora gritó y Lucas se agarró a la mesa para no caer. George reía histérico. Yo todavía sentía el sabor del limón en la boca.

Algo me empujó de la silla. Caí sobre el codo derecho y un agudo pinchazo estalló en mi cerebro. El suelo se había convertido en una sucesión de alfileres que se me clavaban en la piel. Podía notar sus pellizcos. No me dejaban levantarme.

Alcé la vista lo justo para ver una sombra en la pared. No pertenecía a ninguno de nosotros; tenía oquedades y salientes en varias partes de su fisonomía, y dos cuernos en la cabeza. Una voz oscura como la muerte sonó en cada rincón del cuarto.

—Humanos engreídos. Queréis haceros dueños de todo lo que veis. Pero la noche de Samhein es nuestra. De los fantasmas. De los espíritus. De los demonios.

Perdí la consciencia. Cuando desperté, George estaba delante de mí. Sus pupilas habían recuperado el tamaño normal. Sonreía.

—Ya pasó. —Me ofreció su mano, con los dedos aún inflamados—. Todo está bien.

Tenía la piel fría como un cadáver. Miré su sombra, proyectada en la pared. Era estirada y oscura. 

Y tenía dos cuernos en la cabeza.



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