Chocamos como náufragos en el mar del desamor. Yo aferraba el whisky cual madero traicionero, tú cabalgabas sobre las olas de la autocompasión. Aunque en mi tablón no había sitio para dos y tú querías surfear sola, nos hablamos por no quedar callados: ambos veníamos de ríos largos, también llamados relaciones. Nos tomamos de la mano conformando una isla de confidencias y comprensión mutua. Que si fuera compromisos, que si el amor para siempre es la mayor de las mentiras. «Liémonos como enredaderas que serán cortadas en una hora», propuse como demostración del absurdo de eso que llaman enamorarse. Nos bastaron diez minutos de caricias y poemas para comernos entre besos, directos hacia felices juegos entre las sábanas. Luego, porción de pizza en el veinticuatro; charlas sobre lo cotidiano sin mirarnos a los ojos. Discusiones por tus manías, por si olvidé nuestro aniversario del minuto cincuenta. Besos breves en la mejilla, después ni eso. Pasamos como extraños los cinco últimos, ya amanecía.

Cita final en el bar de desayunos, donde me entregas la magdalena con la vela de los apagones: «feliz divorcio», sonríes, mientras las lágrimas me arrastran a ese cruel mar del sentirse solo.

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