—Y solo esta noche, el primer plenilunio de la estación oscura, los feéricos abrirán la puerta de su mundo, y concederán el placer de visitarlo a aquellos que se atrevan —decía el sabio.

Enya se agarraba a sus propias piernas. Como cada noche, los niños mayores se reunían en torno a la hoguera y escuchaban las historias de los druidas. Aquella era su primera noche de Samhain alrededor del fuego, ya que, hasta hace poco no era aceptada entre el grupo de los más mayores. Y a medida que escuchaba las historias, más se arrepentía de no estar dormida junto a los pequeños.

El fuego provocaba un juego de luces en los rostros de los ancianos. Alzaban las manos con cada gesto y arrojaban madera al fuego, provocando que esta crujiese entre las mandíbulas de las llamas. Eso asustaba más a Enya. Pero aquella noche, daba mucho más miedo, y el olor del humo la hacía sumergirse más profundamente en la historia.

 Cada vez que el druida movía su capa, Enya sentía el impulso de salir corriendo junto a su madre. Pero debía aguantar. Era la única manera que tenía de demostrar a la aldea que ya era miembro de pleno derecho. Se mantuvo firme toda la historia, apretando su manta de piel, como si su suavidad la transportara lejos de allí.   

     —Pero aquellos incautos que ofendan el orgullo de un hada, sufrirán las consecuencias que el feérico designe.—uno de los sabios intervino por primera vez para darle un final a la historia

La niña sufrió un escalofrío y se envolvió más en la manta.

     —Tomad este pan de calabaza —recitaron a coro—, que vuestro cuerpo absorba su fuerza y os mantenga vivos esta noche. 

Sus palabras resonaron unos instantes por el claro del bosque. No sonaban especialmente alentadoras. En cuanto recibió su pan de calabaza, decidió comérselo deprisa. Estaba algo crudo y se le quedó la boca con un regusto de la hortaliza bastante amargo. Prefirió no quedarse a la conclusión de la velada, como el resto de sus compañeros. Ella lo único que deseaba era pasar cuanto antes el tramo del bosque que llegaba hasta la aldea.

Encendió una vela como única guía en el camino. 

     —¿A dónde vas niña? —una voz dulce la sorprendió.

Por un momento pensó que se trataba de una de las mujeres, que la reñía por marcharse pronto.

     —Yo... —se giró y no vio a nadie

     —¿No te quedas con los demás? —reiteró la mujer

Descubrió entre las ramas a una mujer de aspecto extraño. Dio un salto y se colocó junto a Enya, que solo entonces descubrió que tenía alas de cristal.

     —Eso no me gusta —susurró jugando con el cabello de la niña.

La tapó violentamente la boca y apagó la vela con los dedos, pero no pareció quemarse. Saltó al árbol de nuevo, con Enya a rastras. El hada la sonreía de forma siniestra, sabiendo de antemano cuál iba a ser el destino de la joven. 

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