Mi vestido viejo y largo, rozaba la alfombra de hojas secas y ramas rotas, creando un ligero y apremiante compás que se hacía eco entre la espesura del bosque. Llegaba tarde para saludar a la época oscura. Aun que desde hacía unas lunas mi alma habitada ya entre sombras.  

Entonces los oí, ahí en mitad del claro, cantaban para despedirse del calor, de las cosechas y abrazar al frío y al nuevo año. Les observé mientras bailaban enmascarados alrededor de una gran hoguera, junto con el druida del clan quien dirigía la danza.

De pronto vi su rostro, ahí estaba, hablando junto con los demás, riendo y festejando cómo si nada hubiera pasado. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, dejé de pensar y anduve hacía él. ¿Cómo era posible? ¡Samhain! La noche dónde la línea entre ambos mundos cesaba de existir. Toqué con suavidad su hombro, noté la fina textura de su ropa, su largo vestido negro y entonces… Tan solo era una joven enmascarada.

«Estúpida. Él murió, ¿por qué no puedes aceptarlo?» pensé desilusionada.

La muchacha se quedó desconcertada, se quitó la máscara y me sonrió. Como si me conociera, como si supiera quien era él.

—¿Nos conocemos? –Miró entonces la máscara que sostenía en sus manos –. Qué pena que se nos fuera tan pronto. Dicen que se iba a desposar…

Mi esperanza se difuminó y al ver que me ofrecía un sorbo de hidromiel, lo acepté con rapidez. Saboreé el amargo ardor hasta vaciar el odre, calmando así mi corazón desbocado. Sin embargo, no pude evitar mirar con ojos vidriosos aquel rostro ficticio. Yo iba a ser su mujer. Y tras su muerte, quedé atrapada entre dos mundos paralelos. 

Sin embargo, aquella noche se debía celebrar la muerte con orgullo y no con tristeza, y me forcé a sonreír. Ella me sonrió de vuelta. 

—Si, una pena —musité.

El silencio entre ambas dejó claro el fin de nuestra conversación. Me di la vuelta y fijé con la mirada mi destino, la oscuridad del bosque.

—¡Espera! ¿No llevas ninguna vela? Hay que espantar a los malos espíritus, toma. —Con una sonrisa me dio una ya prendida.

Seguí caminando aferrándome a su calor, atravesando a la multitud que bailaba, reía y bebía. Y mientras atravesaba el claro fingí ser una más. Fingí hasta que el clan fue atacado por la embriaguez y me dirigí a mi cita de medianoche.

Llegué y en aquel lugar recóndito no olía a cenizas ni humo, si no a un aroma a jazmín gracias a las flores que se negaban a morir. Miré al tocón que había decorado aquella mañana, al plato de comida aún sin comer y lo supe. Él no iba a volver, ni aquella noche ni ninguna otra.

De rodillas, apagué la vela con mis dedos, y saqué la daga de mi cinturón. Sin miedo, sin dolor, me lo clavé en el pecho.

Al fin me uniría a él para toda la eternidad. Al fin juntos. 




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