–Hola, ¿ya vuelves de Cedeira? 

 –Sí padre –le contestó Yago, con rostro serio. 

 –¿Por qué estás tan serio, este año no te ha gustado la fiesta de Samhain? Cuéntame como ha sido.

 –Sí, la fiesta me ha gustado. Ha estado genial. El pueblo estaba precioso, cada vez lo adornan más y mejor. A los dos lados de la ría han colocado calabazas gigantes iluminadas que se reflejaban en el agua. En la plaza han asado castañas en una gran hoguera, el aroma despertaba a un muerto, olían a vida y todos decían que estaban buenísimas y jugosas, además con lo que ha llovido este año imagínate lo gordas que eran. Los chavales no paraban quietos, jugaban lanzándoselas unos a otros, sentí una que me pasó rozando la oreja. Xiana, la estanquera, ha aprendido a tocar la guitarra, pero no sabes lo mal que sonaba, hasta se atrevió a cantar. Estuve a punto de salir huyendo  

–dijo Yago, riendo por fin.


 Su padre rió con él, imaginándose a la estanquera tocar la guitarra y cantar con su vozarrón ronco y grave de tantos años fumando ducados.


 –Y dime, ¿has visto a tu mujer? –Le preguntó el padre.

 –Sí, he visto a Sabela –respondió Yago, a la vez que volvía la seriedad a su rostro.

 –¿Y que tal estaba?

 –Bien... Demasiado bien –añadió Yago con resignación. 

 –¿Por qué estás tan serio entonces? 

 –En la fiesta iba acompañada de un hombre. Incluso los vi que se daban algún beso. La verdad es que parecía feliz y se les notaba enamorados.

 –Entiendo... ¿Te ha dicho algo? –preguntó el padre.

 –Sí. Después de la fiesta se despidió de ese hombre. Volvió a casa y yo la acompañé sin que ella se diera cuenta. Encendió una vela y me habló.

 –¿Qué te dijo?

 –Entre lágrimas me dijo:  «Amor, no se si me oyes o no. Quiero decirte que te he amado como jamás podré amar a nadie. Nunca volveré a ser tan feliz como contigo, ojalá hubiéramos tenido un hijo para tener un pedazo de ti siempre conmigo. Cuando moriste hace tres años en ese accidente de tráfico, una parte de mí murió contigo... Pero he conocido a otro hombre que me ha devuelto la ilusión de seguir viviendo. Espero que lo entiendas Yago, mi amor». Después apagó la vela con su dedos.


 El espíritu de su padre y el de Yago se fundieron en un abrazo.

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