Saltamos de charco en charco por las embarradas calles del pueblo. Cantábamos pidiendo castañas y manzanas en aquella noche de Samhain en que terminaba el verano.. En algunas casas nos convidaban a membrillo pringoso, dulce y aromático. Al llegar la noche, las mozas tocaban el pandero. El abuelo tañía la gaita y el ciego Galván arañaba nuestros oídos con la zanfoña. La aldea olía al humo de aulagas y retamas; y a las castañas que comenzaban a sudar, arrimadas a la gran hoguera que bailaba en el centro de la plaza. 

Mientras terminaban de asarse, robábamos a los mayores un vino verde que sabía a la pez del pellejo de cabra y la sidra ácida de las manzanas de antaño. Nuestras mejillas se enrojecían al calor del fuego y el vino. Seis meses después de un Beltane en que todavía nos sentíamos demasiado pequeños para prender ramos en las ventanas las zagalas, nos preguntábamos si encontraríamos el valor para sentarnos junto a ellas. Pero al final fue Alda la que pegó su cálido cuerpo al mío con la excusa de entregarme unas castañas que tiznaban la mano y quemaban los dedos al descascarillarlas.. No digáis, gente burguesa acostumbrada a vivir entre jabones, que las ropas de mi Alda olían a carbonilla: mi nariz solo encontraba la manzana fresca en su aliento y el aceite de romero en su pelo rizado. Y si os parecieron callosas sus manos, yo las encontré cálidas, suaves, acogedoras.. Cuando me llevó tras las casas y dejó que humedeciera con mi saliva los dedos con que apagó las velas que iluminaban el altar, supe que entre los sabores de aquella fiesta siempre recordaría con delicia el suyo.

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