En la lejanía, Ewenya distinguía una luz. Provenía de una hoguera, rodeada de gente, que proyectaban largas sombras en el suelo. A medida que se iba acercando, podía captar los agradables olores de la comida lanzada dentro de la hoguera, y el olor a carbón quemado de los nabos vacíos. Esta estaba acompañada por mucha más gente, que la seguía de entre las sombras. Todos atraídos por las fragancias familiares, que los llamaban des de la oscuridad, para acercarse a ver el mundo de los vivos de nuevo.

Pasaron inadvertidos entre los sacerdotes, alabando al dios cornudo. A medida que se acercaba, Ewenya, podía distinguir las familiares casas, de piedra gris tratada, y de madera marrón y acogedora. Los sacerdotes se paseaban de casa en casa, vestidos con estrafalarios disfraces de todos los colores y formas que representaban espíritus, recogiendo la comida que dejaban las familias en honor a los muertos. Algunos se giraban al pasar por su lado, otros directamente los veían.

De entre todas las casas, Ewenya se apartó del grupo y se dirigió a una un poco alejada del resto. Se fijó en que habían renovado la escalera de entrada, desentonaba un poco, pero le hacía falta una mejora des de hacía años. En el interior se podía captar la luz de la chimenea al fondo, y otra más tenue proviniendo de una pequeña vela encima de una mesa. Rodeada por cuatro personas, creando extrañas formas en las paredes.

Dentro, Artai levantó la vista. Viendo cómo Ewenya entraba por la puerta.

—Mamá, ¿eres tú? —dijo con un susurro lleno de esperanza.

—¿Qué dices abuelo? —su joven nieto, sentado a su lado, lo miró con curiosidad.

—Brent, creo que tenemos entre nosotros un antepasado, hijo —susurró Erea, acariciando la cabeza de su hijo—. Cariño, apaga la vela.

Artai se empezó a levantar, con dificultad, agarrando con fuerza los reposabrazos del sillón.

Breogan se lamió los dedos y apagó la vela, sin esfuerzo alguno. Brent hizo una mueca de dolor al verlo.

A medida que se acostumbraban a la tenue luz, los miembros de la familia empezaron a vislumbrar una silueta que se acercaba de entre las sombras. Era una mujer, joven, pero con la mirada vacía.

Brent ayudó a levantar a su abuelo, que le dejó andar hasta la presencia que se acercaba.

El espíritu cogió por los brazos al hombre, lo ayudó a aguantarse. El anciano apoyó su cabeza contra el hombro difuso de su madre, y ambos se fundieron en un largo abrazo.

La familia contempló la escena con gran ternura.


A pocas horas de la salida del sol. Madre e hijo se adentraron en las tinieblas, abandonaban el mundo físico. Estaban al lado de los restos humeantes de una hoguera, que aún desprendía vagos olores de comida, contemplando la villa dormida.

Artai echó un último vistazo al mundo que él conocía, preparándose para vivir una ultima gran aventura.

Ewenya le rodeó con los brazos y lo acompañó hacia su nuevo hogar.

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