Cuando sucedió ya pesaban los años juntos. Casi toda una vida uno al lado del otro, desde la ilusión al silencio, desde la complicidad a la soledad. Tantas situaciones, tantas vivencias y, como telón de fondo, su amor. Un amor que, unas veces, se mantuvo firme y otras se dejó arrastrar por los vaivenes del viento. Sacó la caja donde guardaba los retazos del camino andado en compañía. Fotos en Roma, París o Londres donde por su vigésimo cumpleaños no hubo más que una vela sobre una magdalena. Sonrisas congeladas en el tiempo que le hicieron volver a sonreír. Rememorando esos momentos sentía el confort de la felicidad. ¡Cuánto le echaba de menos! Extrañaba el olor de su piel, los hoyuelos de sus mejillas, esas manos que recorrían su cuerpo y le hacían vibrar. Un asomo de excitación acudió a sus terminaciones nerviosas.

Finalmente, entre todos aquellos recuerdos, apareció la carta. Su corazón se aceleró y sus manos comenzaron a temblar. Dudó si releerla o volver a guardarla. Armándose de valor, la desplegó y comenzó a repasar sus líneas como si fuese la primera vez. Y, como aquella primera vez, lloró sin consuelo por su amor ausente.

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