La sidhe se acercó la infusión a los labios. El amargor de la mandrágora se reflejó en su paladar y le provocó un escalofrío. Necesitaba miel. ¿Dónde estaba la miel? Paseó la mirada por el reducido espacio que le habían dejado para administrar las solicitudes, buscando el tarro entre los cientos de pergaminos que se amontonaban en el escritorio.

Samhain se festejaba a su alrededor, pero apenas podía prestarle atención. Risas, canciones y lo que parecía un fuego crepitante tentaba sus oídos. La sidhe maldijo su suerte. Solo a ella le tocaba trabajar en la Fiesta de los Muertos.

Un muchacho se acercó a la mesa, obligándola a posponer la búsqueda. Tuvo que alzar la voz para hacerse escuchar.

—Siéntese, por favor —le indicó al humano, señalando la única silla vacía frente a ella.

Era difícil concentrarse con los olores de la comida impregnándolo todo. El aroma del jengibre le picó en la nariz, los de los dulces aguaron su boca. Suspiró, exasperada.

—Cuénteme, ¿por qué quiere emparejarse con un hada?

—La víspera de noviembre es el único momento en el que podría hacerlo —contestó el candidato con la emoción tiznando sus ojos.

—Ya, pero ¿por qué un hada? ¿No hay chicas de su edad con las que prefiera pasar el resto de su vida?

—Ninguna mujer podría hacerme tan feliz como lo haría un hada. Son inteligentes, atrevidas, desafiantes… Su belleza es sinigual.

Puso los ojos en blanco.

—Tal vez lo sepa ya, pero... Supongamos que le elige un hada; ¿sabe que le devorará en cuanto acabe la cópula?

El chico desvió un instante la mirada. Le vio respirar profundamente y luego asentir con firmeza.

—Lo sabía, y no me importa —aseguró.

—¿No tiene apego por su vida?

—Serán los mejores minutos de mi existencia.

—Está bien. —La sidhe se rascó la barbilla—. ¿Qué tal la fiesta? —preguntó entonces; sus manos se movieron con agilidad por el escritorio en busca de algo que solo sabía ella. Y no era miel.

—¿Perdón?

—Toda esa comida, la sidra… Tiene que estar bien.

—Eh, sí… —titubeó él—. Si obviamos que estamos conmemorando a nuestros muertos.

—Claro, claro. Pronto le conmemorarán también a usted —bromeó sin ganas.

Encontró por fin el mechero, cuya superficie granulada encontraba siempre satisfactoria, y lo acercó a la única vela que decoraba la mesa. La llama cobró vida entre los dos.

—Diga su nombre y apague la vela con los dedos de su mano izquierda —enunció.

—Mano izquierda, vale… —El muchacho inspiró—. ¡Elías Tord!

La sidhe reprimió un gemido de hastío ante tanta efusividad y entornó los párpados para mitigar la explosión de luz que el aspirante provocó al extinguir la llama con los dedos. «Buen viaje», pensó mientras lo veía desaparecer.

De nuevo sola, retomó la búsqueda de la miel. Se rindió pronto y se puso de pie. Acababa de encontrar una excusa para mezclarse con los demás en la fiesta, aunque fuese por un rato. Los banderines la recibieron con destellos naranjas y verdes.

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