Esta es mi noche favorita del año desde que soy niño. Mi abuelo me contaba historias que hablaban de hadas y espíritus mientras vaciábamos una calabaza para hacer un farol, que dejábamos encendido en la puerta de la calle durante toda la noche. Aquí, en la Costa da Morte, todo es mágico y puro. Conservamos nuestras raíces celtas y nuestras tradiciones que antaño perdimos, hasta que el bueno de Rafael López Loureiro las rescató de los escritos y las hizo resurgir.

Camino por las calles empedradas y los faroles de cada puerta me guían. Los rapaces corren con sus sacos de tela de casa en casa para pedir dulces y escucho el eco de sus risas en la noche cerrada. La leyenda cuenta que los antiguos dejaban comida en las puertas de sus casas para contentar a los espíritus que venían del otro lado y regresaban a sus hogares. El viento me trae olor a hojas y a tierra húmeda.

Antía huele a las castañas que luce en su collar y a manzanilla. Además, su madre nos ha asado una buena ración de estos frutos de otoño que tanto nos gustan para que nos las llevemos para el camino. Lleva un vestido blanco, el cabello trenzado y una vela encendida en la mano. Siempre he pensado que desciende de unas de esas hadas que encontraron marido en Samaín, hombres valientes que se atrevieron a abrazar la fantasía y descubrir los tesoros que se ocultaban en los bosques y de los que ellas eran custodias. Me agarra de la mano y la tiene helada, como siempre. Da igual invierno que verano. Me mira con gesto de disculpa y no puedo evitar sonreír, enamorado de su cabello pelirrojo y las pecas traviesas que le salpican la nariz.

Llegamos a la plaza y nos sentamos en nuestro banco de piedra, donde nos conocimos a la salida del colegio y nos besamos por primera vez hace algunos años, y tiene grabadas nuestras iniciales. Nos acercamos para comernos las castañas, aún calientes. Saben a lumbre y brasas. Alargo el brazo sobre sus hombros y se acurruca contra mí, con el cucurucho de castañas entre las manos. En silencio, contemplamos el desfile de las ánimas que siguen a la Santa Compaña y se pierden entre los árboles para vagar sobre este mundo antes de regresar al suyo.

Ya en casa, un ligero aire frío me eriza el vello de la nuca un breve instante. «Hasta mañana, abuelo», me despido por esta noche y apago la llama de la vela encendida frente a su foto en blanco y negro con las yemas de los dedos, como hacía él.


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