Apagué la vela con los dedos y me acosté. Estaba nerviosa, tenía muchas emociones en mi cabeza. Por fin, las festividades de Samhain habían llegado a Quiroga. Supongo que sus habitantes también estarían inquietos, pocas veces se acercaba una dama de la alta nobleza a compartir banquete. Pocos lugares eran tan bellos como las empedradas calles de este pueblo mas pocos escondían a la vez tanta tristeza. Decidí pasar la noche de antes allí para mayor revuelo de los presentes. Más de uno volvería a pretenderme.


El olor a castañas asadas me despertó, el carbón de las brasas penetraba mis fosas nasales. Los preparativos del Samhain andaban en manos de los más madrugadores. Las velas con sus cintas negras adornaban muchas ventanas y las sillas vacías bajo ellas ya esperaban a sus difuntos para volver, en esta noche tan especial, a encontrarse con sus seres queridos. El naranja de las calabazas resaltaba en las calles, el camino por el que te vi marchar y te perdiste. En el pueblo decían que te habías marchado para eludir nuestra boda. Otros decían que huiste, que el capricho de la dama noble había terminado para ti y preferías seguir con tu oficio en otra parte. Mas nunca les creí. Nunca mi vida. Nunca. Y jamás la vergüenza superó mi amor.


Me costó años conseguir el permiso de los druidas para ser incluida en sus ritos y utilizar su sabiduría para hablar con los difuntos. La nobleza no es del gusto de estas gentes paganas. El banquete estaba por fin preparado, dispusieron la presidencia para mí, junto al alcalde. Un hombre de buen porte, educado pero de alma oscura que se ofreció a mi padre aprovechando tu muerte. Uno más. Al otro lado ordené que dejaran una silla vacía, la tuya. El pastel de boniato y frutos secos lucía sus galas naranjas a la luz de las velas. Las nueces que lo cubrían crujían en un estallido de mil sabores mezclados. Mas antes dimos cuenta del asado de cabrito, cuya piel, tan brillante, crujía en la boca mientras la grasa tostada se convertía en una especie de mantequilla al paladar. La carne, tan tierna, se separaba bien del hueso y aún traía el olor a leña del horno. Era una delicia comer con los dedos. De mi cuenta corrió el vino y el veneno que ni siquiera intuyeron.



Apareciste, por fin. Dejé de sentir frío, la humedad ya no hacía mella en mis huesos. Los suculentos aromas quedaron congelados a mi espalda. Caminabas despacio hacía mí, brillando entre todos los difuntos. Tendiste tu mano, dejé atrás todo lo terrenal. Uní mi alma a la tuya para siempre mas solo me volví una vez. Una sola para ver como tus asesinos, los que trataron de avergonzarme y poseerme en el año de tu desaparición se retorcían en una muerte lenta y dolorosa. Por fin mi cuerpo ha muerto, mientras mi corazón, tan negro como el oscuro pozo del odio, brilla para ti. Para siempre.

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