Antaño, la noche de Samaín no era una celebración para honrar a nuestros muertos, sino para protegernos de ellos. Era una fiesta muy distinta.

Aquella noche en concreto, la luna brillaba con una luz moribunda y el olor mezclado de tierra húmeda y eucalipto era tan intenso que desplazaba al aroma de nuestras velas, las que habíamos encendido en el bosque. Hacía frío. Tanto, que mi madre me había cubierto con cien capas de una lana áspera y agujereada. Amarilla de puro vieja. Las copas de los árboles siseaban, peinándose al viento, entrelazando sus ramas en una premonitoria danza de la lluvia.

— ¿E o meu pai? —Mi madre me dedicó una mirada compungida.

— No mar. —Fue su escueta respuesta.

Allí, en la ría de Arousa, el mar era nuestro sustento. También nuestra maldición. No existía plegaria ni a la Virgen del Carmen ni al mismísimo San Telmo que protegiera a nuestros percebeiros de la furia de las olas. O del peligro de las afiladas rocas contra las que los estampaban. Sin embargo, nosotros rezábamos más que nunca.

En aquel claro, las mujeres llegaban de a pocas. Unas, solas, otras apenas acompañadas. Pero antes de la medianoche una pequeña multitud se congregaba dentro del círculo que habíamos excavado en la tierra y que quedaba delimitado por la titilante luz de los cirios. Nadie decía nada, y si lo hacía, en voz baja. El ambiente era opresivo.

Supimos que había llegado noviembre porque hubo un silencio antinatural. Los grillos cesaron su chirrido y las lechuzas dejaron de ulular. Incluso los árboles detuvieron su hipnótico balanceo para contener la respiración. Entonces, en ese preciso momento, el cielo se desplomó. O al menos esa fue mi sensación al ver la luz de un millar de estrellas desprenderse de la bóveda celeste para formar una hilera de luciérnagas que descendían en santa procesión desde lo más alto del monte hasta nosotros.

Pude saborear el miedo, la sangre, en mis encías cuando me di cuenta de que aquellas centellas parpadeantes no eran sino el fuego de cientos de antorchas. Y que las manos que las portaban estaban muertas, putrefactas, casi transparentes. Eran ellos, todos los hombres que durante las últimas décadas el mar había engullido para después escupirlos de nuevo, ya muertos, con los cuerpos hinchados. Pude distinguir, horrorizado, a mi padre, que caminaba al frente portando una cruz. Se detuvo frente a mí, justo al otro lado del círculo.

— Non podes pasar —exclamó mi madre entre sollozos—. O poder dos nosos señor Xesucristo protéxenos.

 Sentí que mi padre quiso decir algo. Que quería despedirse, pedirnos perdón por haberse marchado sin decir adiós. Pero, de pura impotencia, no pudo más que acuclillarse y apagar con sus dedos la luz de una de las velas. Todas las demás se apagaron también, al unísono, al soplo del viento. Quedamos atrapados en la más absoluta y densa oscuridad.

Horas más tarde, cuando al fin despuntó el alba, los fantasmas habían desaparecido.


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