Ha llegado el momento.

El reino del verano bosteza en su letargo y la noche nos acoge con sus dedos fríos. La hoz vuelve a colgar de la soga y los frutos recogidos llenan las panzas de los sacos de arpillera. Esta noche hay que celebrarlo. El festín está listo. Sobre el altar de los que ya marcharon vuelan los aromas de las verduras asadas, sus sabores a leña y anhelo cobijan el recuerdo del hogar abandonado. Los frutos del otoño crepitan sobre las llamas llamando a la mesa y el vino especiado burbujea con vapores de canela, anís y naranja con promesas de reencuentro. Los cánticos no son más que susurros, pero su melodía llena la noche al tiempo que vacía el corazón de penas. Las sombras danzan alrededor de la hogueras, abandonando los cuerpos que las proyectan. Dibujando un sinfín de siluetas entrelazadas, el reflejo de los que están y los que dejaron de estarlo bailan al unísono del crujir pardo de las hojas caídas. Las velas rodean el festejo, palpitantes testigos de cómo los males inscritos en pergamino son arrojados de la vida, en su periplo hacia las llamas y el olvido. Sus secretos abandonan el mundo para no regresar jamás, los buenos deseos les reemplazan dibujados en las chispas que abandonan el caldero. Las manos se entrelazan para honrar el nuevo inicio: ásperas por la labranza, heridas por la recolecta, calientes ante las llamas, fuertes frente a la noche larga, unidas para el invierno.

Gwenhwyfar, madre de la madre de mi madre, me confió frente a las rocas erguidas los secretos que guarda la noche y las riquezas que nos brinda el día. Compartió conmigo las bendiciones que nos ofrece la Madre de las madres, me instruyó en cómo honrar a la vida y a la muerte, me ofreció su mano para guiarme en el sendero que han de cruzar los que se fueron, cuyo velo se dispersa ante la luna que hoy nos ilumina.

Un festín para los vivos, una ofrenda para los muertos, un agradecimiento para quien todo nos lo brinda. Malos augurios al fuego, nuevas esperanzas a la vida. Himnos que cuiden de todos en la noche que compartimos, promesas que alejen a las sombras en el invierno que nos acecha. Es tiempo de honra y tiempo de agradecimiento. Una vez más el ciclo vuelve a empezar.

El negro y el naranja decoran los cuerpos, el tributo espera frente al altar, ya no puedo aguardar más.

Ha llegado el momento.

Mi pie desnudo se hunde en la tierra húmeda, el fulgor del fuego araña mis ojos una vez más; lágrimas furtivas ante el calor y el reencuentro. Los cánticos bendicen mis oídos, los aromas hinchan mis pulmones, los sabores seducen a mi lengua. Me inclino sobre mis hijos y con una brisa beso sus rostros.

Sintiendo la mordida cautivadora de su llama, apago una vela con los dedos anunciando nuestra llegada.

Hay que celebrarlo. Porque en esta gloriosa noche, volvemos entre los vivos.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.