Los muertos no pueden hacerte daño. 

Mi abuela solía susurrar esas palabras, más para ella que para que yo la escuchara. Siempre se hacía la señal de la cruz mientras miraba en derredor con ojos asustados, en busca de lo imposible entre las sombras que dibujaba el fuego de la hoguera. Luego me cogía de la mano, tal vez para que le ayudara a caminar, aunque me daba la impresión de que era para sujetarme a mi. Para que no me escapara, o peor, para que nadie me llevara.

Lástima de que se fuera mucho antes de lo que pensáramos.

Este es mi primer Samahain sin ella y me cuesta no sentirla a mi lado. Me he tenido que forzar a venir, arrastrando los pies hasta acercarme a la hoguera y que el fuego me acariciara con tímidos dedos en llamas. También he traído las ofrendas que ella siempre me mandaba preparar. Nunca entendí porque tenía que hacerlo y hoy tampoco lo entiendo mientras lanzo la hierba buena y su olor mentolado se me queda pegado en las manos. Ella también incluía dulces de toffee entre ellas, sus favoritos, pero nunca los lanzaba. Abro el envoltorio, lo tiro y el caramelo me lo meto en la boca. Se me pega a los dientes y me empalaga, pero juro que puedo ver la sonrisa de niña pilla de mi abuela, como cada año, cuando hacía la misma chiquillada.

Siempre nos quedábamos un poco a la fiesta. Escuchábamos las gaitas haciendo ese chillido infernal y a las mujeres cantar entre risas y resuellos al bailar. Pero hoy no puedo. Vine por pura fuerza de costumbre, en honor a ella, y ahora, solo quiero irme de vuelta a casa. Me agacho para encender la vela con el fuego que se supone que purifica y protege y me voy. Cansada de ver a la gente pasarlo bien, cansada de estar sin ella y emprendo el camino de vuelta a casa, si es que se le puede llamar así. Sin luz pública, sin asfaltar, plagado de rocas y obstáculos. Más paso de cabras que para los humanos, aunque algo se acerca a lo lejos. 

Una procesión. Alguien lleva la cruz en la cabecera. Extraña hora, extraño lugar, pero estas cosas las dominaba mi abuela, así que solo me aparto para que puedan pasar y seguir mi camino. La comitiva avanza entre lamentos y tintineos de cadenas, aunque no soy capaz de identificar lo que dicen. Espero con paciencia a que se dignen a pasar entre los pasos lentos y pesados que dan. Sin embargo, paran, justo a mi altura y el silencio se hace. Una figura encapuchada respira profundamente bajo su túnica negra como la noche. Quien porta la cruz me mira sin llegar a verme. Un rostro arrugado y sonrisa de niña pilla que adelanta su mano hacia mi. Apaga la vela con sus dedos huesudos y la oscuridad cae.

Mi abuela se equivocaba. Los muertos pueden hacerte daño.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 14 días

    Hola, Cris! Qué buena historia, ya te lo dije en el comentario. Me sorprende no verte más arriba porque a mí me pusiste los pelos de punta :)


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