Al abrir los ojos, Enyd se encontró sumida en la oscura quietud del bosque. Sus pies desnudos se hundían en la húmeda hojarasca, el frío aire de la noche le inundaba los pulmones. Los sonidos de multitud de animales nocturnos formaban un anárquico coro que, al principio, la abrumó. Sin embargo, no tardó en distinguir entre ellos una tenue melodía. A lo lejos, entre los árboles, el resplandor de las hogueras del Samhain le indicaba el camino. Se dejó guiar por ellas hasta la linde del bosque, desde donde divisó la aldea que había sido su hogar. No muy lejos de ella, en medio de un gran prado, hombres y mujeres enmascarados danzaban en torno al fuego, entonando hermosas canciones que creía haber olvidado.

Al acercarse, empezó a reconocer a algunos de ellos: el panadero, que la había alimentado cuando apareció sin nada ante su puerta; la costurera, que le había regalado un vestido sobrio pero abrigado, y la hija de ésta, que había sido su amiga y confidente; el viejo druida, que aunque reacio en un principio, había acabado por aceptarla como una más. Todos participaban de las festividades, pero había algo en sus gestos, en su actitud, en su mirada ausente, que denotaba una gran tristeza. Enyd hubiese querido detenerse a consolar a todos y cada uno de ellos, pero su tiempo allí era limitado y aún había una persona a la que debía encontrar.

Pasó junto a la hoguera principal y se internó en la aldea. Las calles olían a leña y a final del giamonios. Junto a la puerta de cada casa se amontonaban las viandas que los vecinos habían dejado, según su costumbre, para agasajar a sus ancestros. Finalmente, sus pasos la llevaron a una pequeña choza a cuya entrada encontró algunos de sus manjares favoritos. Llevada por la nostalgia, no pudo evitar detenerse a probar uno de ellos, dulce como la miel. Era la especialidad de su marido.

La puerta de la choza estaba entreabierta. Enyd la empujó suavemente y entró en una austera habitación en la que apenas había espacio para un jergón y un banco de trabajo. Encima de este reposaba un gran nabo que había sido vaciado para introducir una vela, la única fuente de luz de la estancia. Sentado en una silla, con la cabeza gacha y mirando al vacío, estaba Arlen.

Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo cuando la puerta se abrió del todo, para luego cerrarse suavemente. El chico alzó la mirada, confuso. Enyd se acercó a él y le acarició la mejilla, cubierta por una áspera y descuidada barba. Arlen cerró los ojos. No podía verla, pero sí sentirla.

—¿Enyd? ¿Eres tú?

Por toda respuesta, la muchacha extendió la mano hacia la vela y la apagó con sus dedos fantasmales, al tiempo que besaba a su amor perdido en los labios. Aquella era la primera noche que podían pasar juntos desde que ella murió y no pensaba desaprovecharla.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.