El alboroto de la fiesta rodea la pequeña choza de madera. La aldea cercana celebra el inicio de la temporada oscura y el sonido de los tambores atraviesa el bosque hasta ella. Desde la ventana de su cabaña puede ver los nabos colgando de las ramas de los árboles, rellenos de carbón, iluminando el camino a los espíritus. Sale al exterior y aspira con fuerza. El olor de la carne asada llega hasta allí y, por unos instantes, le hace desaparecer el amargo sabor de la muerte de su paladar. Las hojas caídas y secas se clavan en sus pies descalzos cuando emprende camino hacia los festejos, pero ya está acostumbrada a ello. Es un ritual propio que le hace sentirse más unida a la naturaleza, a su entorno. Al fin y al cabo es “la bruja de las hierbas”. El sobrenombre que le habían puesto le hace gracia, intimida y es concreto. Adora las plantas y estudia sus propiedades mágicas siempre que puede. Las ha usado incontables veces para aliviar o crear muchos males y son parte esencial de ella. 

Desde la entrada de la aldea observa a las familias reunidas, sentadas en las puertas de las casas, compartiendo su comida con los espíritus de aquellos que ya no están entre ellos. Suspira con resignación. Un gran grupo baila en el centro de la plaza. Visten con ropas holgadas que ondean a cada movimiento y llevan el rostro cubierto por máscaras. Se mueven sin descanso al son rítmico de los tambores. 

Ya no está sola, pues un gran grupo se reúne en torno a ella y observa la fiesta con solemnidad. Nadie dice nada. El sentimiento de la celebración es tan fuerte que no es necesario hacerlo. 

Una luz se enciende en el interior de una de las casas cercanas y brilla a través de los cristales, rompiendo la noche. Camina hacia allí, curiosa. Sube las escaleras del pequeño porche y se asoma a la ventana. El frío le eriza la piel que le queda. Se apoya en la pared y agradece el tacto templado de la madera que aún guarda el calor de un día soleado. A través del polvo que ensucia el vidrio se dibuja la figura de una niña, en un pequeño dormitorio, inclinada sobre un libro. Una vela titilea a su lado, iluminando la zona. El sonido de los tambores se detiene un momento y logra distinguir unos pasos que se acercan. Con un soplido su cuerpo se transforma en jirones de humo y atraviesa la pared, envolviendo a la pequeña muchacha segundos antes de que la puerta se abra. 

—¿Se puede saber que estás haciendo? —Un hombre entra en la habitación y apaga la vela con los dedos—. ¡Vas a atraer a los sluagh

La niña mira al hombre y sonríe. Ahora tiene un nuevo cuerpo. Un cuerpo inocente del que nadie sospecharía. Un cuerpo joven con muchos años por delante. 

—No me asustan los muertos —contesta con su nueva voz y saboreando cada palabra—. Ya no...


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