El olor a cera derretida te llega antes que el titilar de las velas y ascuas en el interior de los nabos huecos. Es un aroma denso y cálido que casi podrías tocar y que aleja un poco el relente de la noche. Samhain siempre ha estado dominado por un frío que poco tiene que ver con el aliento del otoño.

El incesante crujir de hojas da paso al lamento de los escalones que llevan hasta el porche de la casa. Tras tanto deambular, acoges el cambio con gratitud. Te detienes y la quietud cae como un manto, apenas perturbada por el eco rítmico, insistente, de los tambores del baile de máscaras que se celebra en la aldea. El dolor pulsátil en tus sienes remite y miras a tu alrededor. Las lámparas a ambos lados de la puerta están talladas formando muecas burlonas que, en esta cabaña alejada del jolgorio por la cosecha, parecen adoptar un cariz más oscuro, una malevolencia genuina y sutil. No se parecen a las que decoran la villa.

Hay algo más.

El fuego del hogar está encendido, su luz se derrama a través de las ventanas y puedes notar su calor a través de la madera rugosa. ¿Acaso sus habitantes no temen atraer a los espíritus? ¿Se tratará de un druida que aguarda las ofrendas recolectadas por los niños del lugar? Decides poner fin a la incertidumbre y golpeas la puerta con la aldaba, atronadora en mitad de la noche.

Es una muchacha quien aparece ante ti, ataviada de un verde vívido.

—Buenas noches. —Sonríe como si llevase una vida esperándote y se hace a un lado.

Compartir su mesa es una experiencia. Hace preguntas mundanas, ávida de respuestas, como si necesitase recordar qué es ser humana.

—¿Por qué no estáis celebrando con los demás? —inquiere.

—No pasaré más de una noche aquí y no consideré apropiado unirme. —Lames una gota de salsa, dulzona y ahumada, del dedo—. ¿Y vos? ¿No gustáis de la fiesta?

—Lo único pasable es la tarta de calabaza y nueces —responde—, tan tierna, dulce y crujiente. Por lo demás, apesta a vino rancio, cerveza amarga y miedo, con esa ropa oscura y áspera y una música chirriante que retumba en los huesos. —Sacude la cabeza, ondeando sus rizos negros—. El temor se vence abrazando la noche, su misterio y serenidad, no espantándola.

—¿No tenéis con qué ahuyentar a los malos espíritus?

Se ríe.

—Dudo que nada los asuste, me parecen cuentos inventados para que los humanos bajen la guardia. —Encoge un hombro—. O, quién sabe, tal vez yo sea un sluagh y pretenda engañaros.

—Tal vez —alcanzas una de las velas sobre la mesa y la giras con lentitud—, pero yo sé que no.

Todos los fuegos se extinguen de golpe, salvo el cirio en tu mano. Lo último que ves antes de ahogar la mecha entre tus dedos es el horror en sus ojos al revelar las hileras de colmillos tras tu sonrisa.

—Los errantes sabemos reconocernos.

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