—Que te he dicho que no puedo ir. ¡Fin de la discusión!

—Que es la noche de Halloween. Luis tiene entradas para una fiesta. ¿Me vas a decir que prefieres quedarte en casa para hacer un estúpido ritual?

—¿Me lo está diciendo el que quiere imitar una fiesta venida de Estados Unidos sólo para follar?

La respuesta al otro lado del teléfono fue como poco grosera. Aine le colgó y se encontró con un par de ojos interrogativos.

—¿Federico no va a venir a cortar nabos con nosotros? —preguntó la pequeña Suria, con toda su inocencia. Aine no pudo evitarlo.

—No. Pero créeme, me encantaría cortarle el suyo.

Sin que Suria entendiese nada, Aine la cogió de la mano y se la llevó de vuelta a la cocina. Definitivamente le encantaba las preparaciones para la noche de Samhain. Antes incluso de que llegasen ya podía oler el dulce sabor de los manjares que se estaban cocinando. La comunidad celta que había en la ciudad era pequeña, pero cada 31 de octubre se reunían para celebrar el final del año. Cocinaban dulces, cortaban nabos en los que ponían velas, los niños pedían comida que traían al druida, decoraban piedras que después tiraban al fuego para buscarlas al día siguiente. Sí, no se iba a perder esa festividad por ningún Federico.

Al entrar en la cocina pudo oír la algarabía tan familiar y tan alborotada en la que se convertía su casa durante los preparativos del Samhain. Los niños corrían, a los padres evitaban que se cayesen, los adolescentes intentaban escaquearse, los ancianos mantenían el orden. Aine dejó a Suria con su padre y una masa de tarta de calabaza atrajo su golosa atención. Estaba completamente desprotegida. Se acercó como un gato sigiloso y probó la mezcla. El dulzor suave de la calabaza explotó en su boca y recuerdos de su infancia correteando por esa misma cocina volvieron a su mente. Lo que también vino fue un golpe de una cuchara de madera.

—Si tienes tiempo para meter las manos en la masa, lo tienes para ayudar.

La matriarca de la familia, su bisabuela Éire, la puso a trabajar sin dejarle tiempo a protestar. Estuvieron yendo y viniendo desesperadamente durante las siguiente dos horas. Cuando la noche estuvo al caer, Éire ordenó a todo el mundo irse a vestir. A Aine le encantaba su vestido de Samhain. Era de lana, pero suave al tacto, sin extravagancias. Tenían que pasar la noche fuera por lo que también era cálido y la tapaba, de la misma forma que su familia la cuidaba y protegía.

Cuando llegó al vestíbulo, ya sólo quedaban las últimas velas. La casa tenía que quedarse a oscuras antes de empezar. La gente moderna no se da cuenta de lo especial que es la luz de una vela. Las sombras se reflejan y bailan en las paredes como una réplica de los vivos.

—Y ahora, que empiece el Samhain.

Y Éire apagó la última vela con los dedos.


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