Es una noche oscura, las nubes cubren la luna y las estrellas y la penumbra lo ocupa todo.

Mis pies descalzos sobre la hierba sienten el frío y la humedad, pero mis pasos no son temblorosos, me encamino decidido a su encuentro con el corazón latiendo a mil por hora… como cada año.

Lejos de mí oigo risas y música de celebración y me llegan olores de flores lanzadas al viento y carne asada en el fuego, pero me son completamente ajenas. Mi mente solo puede pensar en que la veré de nuevo, en el crepúsculo, en el momento en que el velo entre el mundo de los vivos y los muertos desaparece. En el momento en el que todo es posible nos encontraremos una vez más.

Me adentro en la espesura del bosque tapando mi vela con una mano para protegerla del viento y no quedarme completamente a oscuras. 

Me detengo en el prado, cierro los ojos y respiro hondo para relajar a mi agitado pulso y recobrar mi aliento.

Es entonces cuando lo oigo. Al principio es como un leve tintineo apenas perceptible para quien no lo haya oído jamás, pero ese no es mi caso y sonrío al reconocerlo.

De entre los árboles una suave luz plateada se dirige hacia mí, a tan solo un metro de distancia se para y con un destello cegador que me hace cerrar los ojos se transforma.

Es mucho más hermosa de lo que recuerdo, nunca la había visto tan de cerca y tenerla a esta distancia hace que mi alma quiera volar a su encuentro.

Quiero hablarle pero me lleva un dedo a los labios silenciándome al instante. 

Me recorre los labios con ese dedo mojándolo con mi saliva mientras que yo inmóvil no puedo dejar de contemplarla. Se lleva ese mismo dedo a su boca y lo lame y con una sonrisa traviesa lo acerca a la vela para apagarla sin dejar de sonreír.

Tardo unos segundos en acostumbrarme a la oscuridad y es cuando me doy cuenta de que si antes era hermosa ahora es perfecta.

Sus alas prácticamente transparentes brillan en la oscuridad como si tuviesen gotas de rocío dispersas sobre ellas, su melena plateada le llega hasta la cintura, lleva una túnica de un color que no atino a ver en la oscuridad, azul o morada, que se mezcla en algunos puntos con su suave piel violácea.

Pone una mano sobre mi pecho y sonríe de nuevo.

—Ven conmigo —dice justo antes de acercar su boca a la mía y es ahí cuando saboreo todo lo dulce, cálido, bueno y amable que existe en el mundo en un solo beso. Mis ojos se cierran ante tales sensaciones y noto como me envuelve en su cuerpo y en sus alas y desaparezco y dejo de ser yo para ser solo luz y perderme junto a ella en el bosque. 


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