Con la espalda contra un muro de barro y la nariz plena del olor a castañas asadas, Maeve puede ver la vida y la muerte.

El Samhain llegará pronto a su fin, pero aún queda toda la noche por delante. La aldea entera se prepara para el banquete; hombres, mujeres y niños corren de acá para allá con grandes cestas a rebosar de carne y hortalizas. Sus conversaciones se mezclan con la dulce música de una flauta. Y, en medio del caos de los vivos, inmutables como una roca, están los muertos.

Los fallecidos no participan del alboroto. Maeve los ve por todas partes: en la calle, en los huertos, en los portales... Siluetas translúcidas del color de la leche que vagan sin prisa, pues ya no les queda tiempo que perder.

Uno de los fantasmas se detiene junto a ella, su fría presencia se añade a la helada brisa. En la sonrisa del espectro reconoce la de su amigo Artai, que la invita a ir con él. Ya ha dado un par de pasos cuando escucha la voz de su padre:

—¡Maeve! ¿Adónde vas ahora?

Briccio permanece de pie en el umbral, mirándola con el ceño fruncido. Maeve lo mira, después a su amigo, y de nuevo a su padre. Se encoge de hombros, y Artai tuerce los labios, molesto.

—A ningún sitio.

Briccio resopla, y le da un leve empujón a su hija para que entre en casa.  

—Vamos, vamos. Tu madre necesita que la ayudes.

Al oírlo, ella se gira de golpe, con semblante serio.

—Glenda no es mi madre.

—Ahora lo es —replica su padre entre dientes—. Saoirse se ha ido, Maeve. Y no va a volver. Así que más te vale valorar más los esfuerzos de...

Al oír que la mencionan, su madrastra abandona la cocina, llevando consigo un nabo hueco y una vela. Nada más ver a Maeve, le tiende ambas cosas con desgana.

—No queremos malos espíritus, ¿verdad?

Maeve se mete un pan dulce en la boca antes de salir fuera, no quiere contestar. Tras varios intentos, consigue prender la mecha y coloca la velita dentro del nabo, quemándose los dedos.

Nadie quiere dar cobijo a difuntos perversos en sus hogares, y menos esa noche, cuando pueden hacerte cosas bastante peores que hacer levitar tu vajilla.

También a ellos puede verlos, apiñados lo más cerca posible de las chozas pero sin rozar nunca las diminutas luces que las protegen. Son diferentes de los otros fantasmas, su contorno parece hecho de humo negro y no están en absoluto tranquilos.

Artai ha vuelto también, no le importa acercarse a la vela. Maeve lo observa mientras mastica, con una pregunta muda, y el niño asiente.

Ella traga, se arrodilla junto al nabo. Mete la mano, y sin dudar un segundo, apaga la vela. Las siluetas atraviesan la pared. Se escucha un grito.

Con la barbilla sobre el alféizar y el pan dulce en el estómago, Maeve no puede ver la vida, pero sí la muerte.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Rak Pyro's @dopidop hace 12 días

    Tuve la suerte de que me tocara comentar tu relato, y creo que debería estar por encima del mío, por que me parece una maravilla. ¡Enhorabuena por el trabajazo!


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