Algunos estaban aquí por experiencias previas, pero Forrest no. La justificación oficial era el talento, pero, si le preguntabas a él, ser un excelente estudiante de medicina no tenía mucho que ver con este mundo de locos. Así que se limitaba a seguir a Ivy sin hacer preguntas. Ella se agachó en un lateral del verde camino y su sombra se alargó sobre el húmedo suelo. Ivy tomó sin piedad el diente de león, cortando el delicado tallo. Desde su pose, de cuclillas, sopló y todas las cipselas volaron hacia la cara de Forrest, no porque su aliento las hubiera dirigido allí, sino por mero capricho. Sabía distinguir la magia cuando veía. No hubo duda cuando rozaron su piel, suaves y esponjosas, y el cosquilleo fue cálido y eléctrico. Le habló. Aquí, en la tierra donde los caminos cambiaban a placer, su vuelo indicaba cómo volver a casa.

— Bien, sígueme —ella se levantó y empezó a andar en dirección opuesta. Forrest dudó, la noche se acercaba y sabía que no solo el espacio era caprichoso en Faerie, tampoco podían confiar en el tiempo. Pero no le atraía cuestionar Ivy, después de todo, antes de los portales, cuando era solo una niña, ella había pasado años en compañía de “la buena gente” hasta que había encontrado la forma de volver. Ahora, la máquina la había traído a este lugar por esa unión, pero el motivo por el que él estaba allí no podía ser un mayor misterio.  

—Sigue solo —dijo ella, e incluso entonces hizo caso. Porque el riesgo de una maldición irrompible se escondía en cada esquina.

 Los pasos de Ivy a su espalda no tardaron en perderse a medida que avanzaba en el camino y música ceremonial lejana entonada por voces fae empezaba a llegar con fuerza. La noche caía, cada instante más pesada, y las flores cercanas se iban abriendo con ella hasta revelar fragantes velas en su interior. Era la clase de locura típica del reino de las hadas, pero debía de admitir, tenía algo fascinante. Se permitió bajar la vista a admirarlas un instante y, al alzar la mirada de nuevo, encontró un rostro devastador. Se dijo que había sido un error durante un segundo y entonces se perdió en ella. No tan distinta a un humano perfecto y hermoso, una diosa de cabello largo e infinito, sedoso y plateado. No, una reina con corona de huesos mirándole a él, llamándole. 

Oyó un ruido romper el momento y, al girarse, encontró a una Ivy brutal, hacha en mano y mirada sanguinaria, lista para degollar al hada que había caído en su trampa. Forrest sintió encogerse su corazón en un instinto y, raudo, fue a la flor a sus pies y aplastó la llama entre sus dedos. Las demás luces se apagaron con ella y los ojos mortales de Ivy perdieron a su presa. En la oscuridad, notó sobre sus labios un beso repentino que supo a canela y manzana.

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