Aquella noche la aldea se había convertido en una réplica de las constelaciones del cielo gracias a cientos de velas situadas en las ventanas y junto a las puertas de cada casa. 



Iria había ayudado a su madre y a sus tías en la tarea de colocarlas dentro de las calabazas. El chisporroteo del fuego en la lumbre y el olor de las castañas y los bollos acompañaba la conversación de las mujeres, mientras ella esperaba impaciente el momento en que le dejaran salir con sus amigas. Le encantaba el Samaín porque podían pasarse la noche fuera. Y también por la comida, claro.


A su amiga Aine no le gustaba tanto. Eso de que la frontera entre el mundo de los vivos y los difuntos fuera más difusa aquella noche no le hacía ninguna gracia.


—¿Y si nos encontramos con algún espíritu? —decía todos los años.


—¡Pero si nunca ha pasado nada!


—Hasta que pasa... —sentenciaba Aine con tono lúgubre.


Por fin le dieron permiso para salir y, cuando se reunió con el resto en la plaza, se repartieron las viandas que había traído cada una. Se centró en los bollos, saboreando el regusto a miel que dejaba cada bocado.


—¿Dónde están los chicos? ¿En el cementerio como siempre? —preguntó.


—Supongo, ¿a quién le importa?


Los chicos siempre estaban incordiando: se burlaban de sus juegos, inventaban motes...


—Podríamos ir —sugirió Uxía—. Al final nos hacen reír con sus tonterías.


Iria no tenía muy clara su posición. La mayoría le eran indiferentes. Pero Anxo… él era distinto. Le gustaba hablar con él, nunca la había llamado "orejas de trasgo" como los otros, y cuando se miraban se ponía rojo y apartaba la vista enseguida.


Pese a la reticencia de Aine, terminaron por ir al camposanto, que también estaba iluminado por múltiples calabazas. Decidieron jugar todos al escondite, e Iria se ocultó tras una tumba. Cuando alguien se unió a ella tapándole la boca para que no gritara, empezó a recordar todas las historias de miedo que contaba Aine.


—Shhh, que nos van a pillar —susurró Anxo. Retiró la mano y se sentó junto a ella—. Perdona por asustarte, pero es un buen escondrijo —dijo muy cerca de su oreja.


—Qué va, está muy cerca de esa calabaza. Espera.


Sin titubear, Iria se acercó, se lamió los dedos y apretó con fuerza la mecha de la vela, que se apagó al instante. Cuando volvió a sentarse, Anxo se rio suavemente:


—No te da miedo el fuego.


—Bah, ya me he quemado pelando castañas con mi madre.


—Ojalá fuera tan valiente como tú.


—¿De qué tienes miedo?


—De esto.


El beso fue breve y electrizante. Iria se quedó de piedra.


—¿Ves? No tenía que haberlo hecho...


—¡Claro que sí! —Se acercó de nuevo y le devolvió el beso. Cuando volvió a la realidad, se dio cuenta de que los demás les estaban llamando.


—Creo que hemos ganado —comentó.


—Desde luego —Anxo sonrió.



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