Salgo del bosque y las luces colocadas en los bordes del camino que conduce a la aldea me dan la bienvenida en la noche en la que la barrera entre el mundo de los vivos y de los muertos desaparece. Primero las veo como vivarachos borrones que poco a poco se vuelven más nítidos. Sus sombras temblorosas me acompañan hasta la explanada en cuyo centro arde una hoguera, como cada Samhain. Distingo siluetas danzando a su alrededor. Sus risas jubilosas engarzan una canción que resuena en mis oídos y en mi corazón, avivada por el el retumbar de los tambores que tocan algunos muchachos para ahuyentar a los malos espíritus. 

Me aproximo y el calor de las llamas lame mi piel helada. Un tímido balido me sobresalta. A mi lado, cerca de la montaña de hortalizas y tubérculos con los que mis vecinos agasajan a los dioses, una oveja me traspasa con ojos cansados. Es vieja y no sobrevivirá al invierno que acecha, así que se ha convertido en una ofrenda más. Al agacharme para acariciar su pelaje, áspero y tupido, me envuelve un denso olor a lana húmeda que me golpea con recuerdos de mi niñez, junto a mi hermano en el establo.

Abandono la explanada y la aldea me rodea, plagada de velas y calabazas talladas rellenas de carbones encendidos. En la plaza veo una anciana y el aroma dulzón del vino caliente especiado que carga en su puchero me embriaga y vuelvo a ser una cría ansiosa por la llegada del Samhain para poder beber lo que beben los mayores. 

Envuelta en mi niñez, cruzo la plaza y me sumerjo en un el mar de chozas deseosas por recibir a quienes las abandonaron para cruzar al otro lado. Por las ventanas, abiertas a pesar del frío para facilitar el regreso de los familiares perdidos, se escapa el olor de los pasteles de calabaza todavía calientes, que me golpea desde todas las direcciones. Pero hay uno que se cuela en mi interior y me acuna en su regazo. Sonrío como una chiquilla y echo a correr. En la oscuridad, apenas distingo la choza de piedra aunque veo perfectamente la vela encendida ante la entrada. 

Pico y la puerta se abre casi al instante. Por fin contemplo su rostro. En mis recuerdos borrosos es casi igual de hermosa. Casi.

—Mi niña, ¡has encontrado el camino! —Se abalanza sobre mí y me envuelve en un abrazo tan férreo como mullido—. Temía que en tu primer Samhain te perdieras.

—Distinguiría tu pastel de calabaza entre un millón, mamá.

Antes de seguirme al interior, recoge la vela y la apaga con los dedos. Sobre la mesa frente a la chimenea me espera un pedazo de pastel. Lo muerdo con un hambre recién descubierta y su sabor estalla dentro de mi boca. Sabe a familia, a hogar. A vida.

—¿Cómo han sido estos meses? Háblame de todo, mamá, no te dejes nada. —Cuénteme cómo ha sido la vida si mí—. Tengo poco tiempo antes de irme.

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