—¿Falta mucho, yaya?

Odulia y el sonido de su bastón se detienen. Con los ojos entrecerrados y el rostro agriado, observa a su nieta.

—¿Para qué, Lucía?

—Para llegar al cementerio, para qué va a ser. —La joven enciende un cigarrillo con regusto a bronquitis—. Mira que ponerlo ahí arriba…

—Siempre quejándote. —Odulia reanuda la marcha—. Que ir al cementerio en Samhain es tontería, que si la cuesta… —La nieta tose con fuerza—. Carmencita, dile a la nena que apague esa cosa.

—¿Oléis la carne de gato churruscado? —A Lucía se le cae el cigarro de los labios y Carmen le saca una foto con el móvil. En su afán por captar el momento, casi tira la vela que lleva en un cuenco y que flota sobre un poco de agua.

—¡Cuidado con mi animeta, Carmencita!

—Ay, filla, menuda cara —se ríe Carmen, ignorando a la abuela—. Huele a pino y esparto. Para que prenda la hoguera.

—Aún es temprano para sacrificar animales —refunfuña la anciana.

En el cementerio, los del pueblo cantan y bailan junto a la hoguera. Lucía tiembla de frío.

Carmen deja el cuenco con la vela en el suelo. En otro, la abuela Odulia mezcla un polvillo blanco y un líquido ambarino.

—¿Eso que es?

—Whisky y cocaína.

—Otra vez de coña, ¿no? —se ríe Lucía.

Las dos mujeres niegan, impasibles.

—Tu abuelo era un borracho de libro, nena.

—Lo aprendió de mi Paco —dice la abuela—. Ya sabes: tal pare, tal fill.

—Pero Paco era tu hermano, yaya.

—Y los dos eren uns fills de

—¡Carmencita! Sé amable con los muertos. —Odulia le pasa el cuenco—. Y bébete esto.

Cuando termina, Carmen le ofrece la mezcla a una escandalizada Lucía.

—Es una vez al año, nena. Disfruta un poco.

—¿Esto no era para el yayo?

—He dicho que era un borracho —contesta Carmen, paciente—. No habría apreciado tanta calidad. —Saca una botella de Brummel de una bolsa—. Esto es para él.

La luna está alta. La música chirría y sube dos tonos. Alguien lanza laurel y brezo a la hoguera. Entre la humareda, aparece el abuelo. Se bebe la botella de Brummel de un trago antes de saludar a su nieta. 

La mare que m’ha parit —le dice atónito—. ¿Cómo aguantas a esas dos? —Madre y abuela danzan semidesnudas.

—Con diazepán y vino, yayo. ¿Por qué estamos aquí?

El fantasma suspira. Carmen se les acerca aprovechando que la anciana baila con el párroco.

—Hola, papá. ¿Preparado?

—¿Para aguantar eternamente a Odulia? No. —Lucía los mira inquisitiva—. Tu madre apagará hoy su animeta.

—¿Y cómo volverá a casa? —Ninguno responde—. Lleva diez años muerta viviendo con nosotras, ¿por qué ahora?

—Porque a tu abuelo le pone Nenuco en la botella, y ha mí me cambia la coca por speed

 —Depresa, Carme. La arpía se acerca —interrumpe el abuelo.

—Y en esta familia, nena —Carmen apaga con los dedos la vela de Odulia—, con los vicios no se juega. 

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