Pese a ser noche cerrada, la luna llena y las velas llenaban de claridad los caminos. Dos muchachas con túnicas blancas se dirigían hacia el centro de la aldea, que bullía de actividad.

Una de ellas estaba nerviosa. La otra, que la conocía bien, lo notó.

—Enyd, alegra esa cara, que vamos a una fiesta. —La cogió del brazo con ternura—. ¿Estás bien?

La muchacha sintió un escalofrío por la espalda. Algo reconfortada, negó con la cabeza.

—No me gusta la estación oscura, eso es todo, Myrna. Bueno, tampoco me gustan mucho las fiestas.

—¿Ni siquiera Samhain?

—Supongo que, ahora que ya no tenemos que recoger presentes para el ritual de los druidas, Samhain es una excepción. —Le pinchó un moflete con el dedo—. No te preocupes tanto, que te saldrán arrugas.

La música se oía desde lejos, y en el claro se volvía tan intensa que dolían los oídos. Notaron en sus rostros el calor de la gigantesca hoguera central, alrededor de la cual la gente y sus difuntos bailaban y conversaban. El lugar apestaba a humo y sudor, pero el olor apetitoso de la comida se abrió camino, guiándolas hasta una mesa lateral. Enyd sirvió dos vasos de vino y le tendió uno a Myrna, que parecía tener una sonrisa permanente aquella noche.

Se relamió los labios, satisfecha con el sabor a festividad. Los espectros junto a la mesa se llevaban su comida, aunque ella no viese cómo. Despertaban su ternura, por eso se obligaba a recordar que no todos los espíritus eran buenos. Aquella noche no debían alejarse de la protección del claro.

Se ruborizó cuando notó que Myrna la miraba en silencio. Esta apuró su vino y le tendió la mano. Dentro había dos piedras marcadas.

—¿Bailamos, preciosa?

Enyd ni se lo pensó. Cogió una de las piedras, rugosa y fría, y fue con ella hacia la multitud para bailar al rápido son de los tambores. Las manos de Myrna resbalaban por el sudor. Ambas rieron, dando vueltas al ritmo de la música. Cuando acabó la canción, arrojaron sus piedras a la hoguera y se apartaron para recuperar el aliento.

—Espero encontrarla mañana.

—Tranquila, estoy segura de que este será un buen año para ambas. —Se dio cuenta de que Enyd miraba de reojo a unos espíritus poco estructurados que tenían cerca—. ¿Te gustan las sorpresas?

Al verla asentir, se chupó los dedos y apagó con ellos la única vela de esa zona. Enyd ahogó un grito de asombro al ver los reflejos verdes y rosados de aquellos seres en la oscuridad.

—Lo averigüé el año pasado —susurró—. Me pareció tan bonito que estaba deseando enseñártelo.

—Gracias por hacerlo.

Se tumbaron juntas sobre la hierba, felices.

—¿Sabes? Tenías razón. Hacía tiempo que no me divertía tanto —confesó, girando la cabeza para mirarla.

—Pues ya sabes: disfrútalo.

Fue entonces cuando se besaron por primera vez. Siempre recordarían el sabor de aquel beso: a vino dulce, a sudor y a cosecha.

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