“¡Anochece! He vuelto a llegar a casa, a esperarte allí… Me han dicho que tu vuelo ha llegado; sin ti.” –canturrea tenuemente, descalza, por el sendero de piedra.

La realidad golpea a la muchacha olvidada de sí misma que se deja hacer por su mente y que agita su falda violeta contenta, con una sonrisa desencajada, sonrisa de certeza de quien se sabe completamente desgraciada. Ahora es leve y flota, como cada semana.

Sonrisa deformada, se siente afortunada y no siente el rostro, cuajado de lágrimas. “Solo es lluvia...” –se recuerda. Agua salada.

Las puertas de hierro franquean la entrada, hacen de su paso rápido y macabro una bailarina diminuta que se desliza entre losas, humedad y el silencio de aquellos que se saben comidos, para siempre.

Por el tiempo.

– Buenas noches, mi amor. ¿Cómo estás hoy? ¿Has dormido bien? No lo dudo, veo que te has acordado de nuestro aniversario, a las ocho…–se sienta en el mármol frío, alisa su falda. Trae en las manos una magdalena con una vela; dura. Pasada. La llama tenue proyecta sombras, marca los surcos de sus uñas en la piedra. De cada jueves.– ¡Sopla, cariño!

Como cada semana.

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