— Apaga la vela. Que los espíritus no vean que hemos desobedecido a nuestros mayores.

Ossian se estiró hasta alcanzar la vela que iluminaba, temblorosa, el cuerpo desnudo de Eire. Dejó que la llama se consumiera entre su índice y su pulgar. La cabaña quedó bañada en sombras.

—¿Crees que estamos haciendo lo correcto?

Eire suspiró. Con un gesto, le dijo que se tumbara de nuevo a su lado.

—No lo sé —susurró.

Él le acarició la mejilla con ternura, dejando un rastro negro allá donde pasaban las yemas de sus dedos.

—Yo lo único que sé, es que quiero estar junto a ti —respondió.

Y el pecho de Eire se fue llenando de trazos oscuros, conforme las manos de Ossian, ávidas de calor, recorrían cada centímetro de su piel.


Eire agitó su melena cobriza y fingió una sonrisa en cuanto vio aparecer a su madre. El aire olía a madera de haya, a carne goteando sobre las llamas.

—Mael te está esperando —le reprendió en voz baja —. Ve y siéntate a su lado.

Ella avanzó entre la multitud y la algarabía de voces, violines y tambores; y se colocó donde le correspondía. A su izquierda, Mael, con la barbilla alta y el rostro arrebolado por el alcohol. A su derecha, un asiento vacío, reservado para el espíritu que quisiera ocuparlo. En el corazón de Eire, ese lugar estaba ocupado por una persona de carne y hueso.

—Te echábamos de menos —dijo Mael.

Su barba áspera, mojada de alcohol, raspó las mejillas de Eire cuando trató de besarla. Ella le evitó y gracias a la luz titilante de las fogatas, nadie se dio cuenta de su rubor.


La fiesta continuó hasta la medianoche. Todos bailaron, invocando a sus ancestros, pidiéndoles protección un año más. Todos eran felices, por tener la barriga llena, la cerveza fluyendo por sus venas y a sus seres queridos al lado. Pero Eire no podía evitar buscar con la mirada a Ossian, sentado junto al fuego más lejano.

—Ahora vuelvo —masculló.

Resuelta, se escabulló entre las jóvenes que esperaban su turno para bailar y se adentró entre los árboles.

Espero a Ossian junto a la cabaña donde solían esconderse. No tardó en verle aparecer. Su boca sabía a castañas, a sidra y a miel.

—Por favor, sácame de aquí —sollozó ella entre sus brazos.

Él le sostuvo el rostro con dulzura.

—¿Es lo que realmente quieres?

—Sí, claro que sí —contestó Eire con un brillo de esperanza en la mirada.

Ossian le tendió la mano.

—Entonces, vámonos.

Juntos, caminaron bajo la luz de la Luna. Sus cuerpos se iban desvaneciendo, flotando sobre las hojas secas, mientras Ossian guiaba a Eire a un nuevo mundo. A una nueva vida.


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