La primera noche los humanos estaban nerviosos.

Iban de un lado a otro con ofrendas entre sus brazos. Con sus ropas sucias y harapientas sacaban otras más oscuras, usadas pero más limpias.

Los pequeños correteaban impacientes por las calles del pueblo. Surcaban los puestos de comida, algunos con más suerte que otros. Las caídas contra la fría piedra se notaba más dura y más resbaladiza que en la época que estaban por despedir. Muchos no lloraban por miedo a que las criaturas de las tinieblas, se fijasen en ellos.

Los adultos caminaban con más cuidado. Trataban de sonar alegres, pero se notaba preocupación. El año no había dado buenos frutos, los dioses parecía o haberlos castigado, o haberse olvidado de ellos. El agua no había sido la suficiente para calmar la sed de todas las plantas, y por ello, sabían que el año comenzaría más difícil que en otras ocasiones.


A la segunda noche vi cómo algunos humanos ya palidecían ante el frío que sus cuerpos débiles no eran capaces de soportar.

Observé cómo una pequeña humana se había quedado sola en casa. Sus familiares la habían dejado atrás con el pretexto de que sus parientes muertos velarían por ella mientras celebraban Samhain en la linde del bosque. Jamás contaron con la posibilidad de que su pequeña criatura de ojos avellanados y mirada curiosa recordase cómo encender un fuego en casa, y así resguardarse del frío, condenándose dirían ellos, sacrificándose diría yo, para que pudiese anidar en su frágil cuerpo.

No luchó mucho, tal y como me dijeron. Los más jóvenes y los más ancianos no tienen tanta fuerza ni maña para pelear como los adultos.

Me costó acostumbrarme de nuevo a la sensación de estar vivo, a esa necesidad de respirar. A sentir cómo el aire gélido penetraba por mis pulmones y a expulsarlo. Aprender a hacerlo como toca. Me acerqué a la vela que la niña, Ula, había encendido y la apagué con los dedos. Sonreí al sentir la lengua danzante del fuego relamiendo mi nueva piel y cómo sus restos de saliva candente se quedó impregnada en ella.

En la calle pude oír las lejanas voces cantarinas entremezcladas con los sonidos de mis hermanos, aún conseguía hacerlo, clamaban por mi victoria a la vez que buscaban su oportunidad para volver a sentirse vivos como yo.

Un olor dulce llamó mi atención. A algunos metros había un altar de comida para esos infelices que pudieron seguir con sus vidas. Me abalancé famélico. El sabor del bizcocho de bellota se coló fácil por mi garganta. Llevaba trazas de anís y tenía bayas melosas por dentro de colores vistosos entre verdes y morados, me parecieron como joyas que no quería compartir con nadie más.

Pronto la boca se me secó y el corazón me latía con fuerza, olía los gritos y oía el fuego abrasando mis entrañas.


Antes de la tercera noche encontraron el cadáver de la que para ellos era Ula, y que para mí no fue más que una oportunidad mal aprovechada.

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