No había manera de medir el tiempo en ese reino de locura. Criaturas grotescas y extravagantes se paseaban de un lado a otro, desafiando todas las leyes de la física con su simple existencia. Al principio Finn había tenido miedo. Pero aquellos seres no parecían verle, ni verse entre ellos. En vez de chocarse se atravesaban unos a otros, la primera pista que tuvo Finn sobre dónde se encontraba: el mundo de los espíritus. Estos vagaban con un rumbo fijo, calmados, inmersos en sus indescifrables pensamientos. Menos una vez al año. Durante la noche del Samhain. El caos y la locura reinaban entonces, todas las criaturas buscando un camino entre mil, aquel que les guiara hasta el plano mortal. Nunca había sabido por qué, pero durante esa noche escuchaba un lejano eco de tambores, un ritmo cálido que le marcaba el paso a seguir. Ya había olvidado cualquier detalle de su vida, pero esos tambores le traían sensaciones familiares. Siempre que los seguía ponía especial cuidado en que las criaturas no se dieran cuenta, su instinto le decía que sus intenciones no eran del todo buenas.   

El firmamento se abrió ante Finn al salir por oweynagat, la cueva de los gatos, la entrada oculta al reino de los vivos. La música flotaba en la noche oscura, una oscuridad diferente a la del mundo espiritual. Era un cántico que le envolvía como un manto, llenando su mente de recuerdos dispersos. La aldea había crecido desde la última vez, pero la imponente hoguera se alzaba en el mismo lugar. Era la única fuente de luz, bailando al son de la música, acompañando a los bailarines con máscaras terroríficas que saltaban a su alrededor. Sus movimientos eran casi hipnotizantes, Finn dejaba que su mirada se perdiera en el fuego y la danza hasta que el aroma de la comida le sacaba del trance. Mientras se sentaba en su hueco habitual en una de las mesas del festín, pensaba en qué poco se parecían aquellas máscaras con las criaturas con las que convivía. Mejor para ellos. Año tras año se preguntaba si este fue su pueblo, si alguno de los que comían a su lado era acaso su descendiente. Otros espíritus se sentaban en los restantes huecos libres, huecos que los vivos dejaban con ese propósito. Le miraban con curiosidad, pero le dejaban tranquilo. Cuando nadie miraba los espíritus comían. El sabor no se parecía a nada de su mundo, y por eso lo añoraba tanto. Tras la comida se quedaba junto a la pira, vigilante, hasta que esta empezaba a perder fuerza; todavía era capaz de sentir el calor de las llamas. Los niños correteaban alrededor del druida mientras este apagaba la hoguera dejando solo las incandescentes ascuas y la vela que portaba en su mano. Le preguntaban sobre los espíritus y le pedían historias. Y él, apagando la vela con los dedos, siempre comenzaba con la historia del fundador de la aldea, el héroe que desafió a los dioses.

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