El cuervo se posó en la cornamenta del ciervo. La luz de las hogueras iluminaba todo el poblado, mas los dos animales quedaban guarecidos al abrigo del bosque, a salvo de miradas indiscretas. Los cánticos que entonaban los aldeanos habían atraído la atención de ambas bestias, que observaban con interés el comportamiento de los humanos.

Los guerreros danzaban en torno al druida de la aldea, que removía una mezcla en el caldero. Ellos, lanza al frente; ellas, escudo al aire. Los niños y ancianos portaban flores, frutas y verduras, llenando cornucopias en honor a los muertos. El jolgorio crecía cuanto más oscura se tornaba la noche, mas las almas allí congregadas no podían desprender una luz más brillante. Un aroma a guiso, alcohol y sudor impregnaba el ambiente. La noche transcurrió como cada año, con lágrimas de tristeza y felicidad por los que ya no están.

Las primeras luces del alba comenzaban a despuntar cuando todos se fueron a dormir. El ciervo entró entonces a la plaza, con el cuervo aún posado en sus astas.

–Son curiosos estos humanos –susurró el ave, mientras alzaba el vuelo para mirar al ciervo a los ojos. –Todo el año guerreando, mas cesan sus mutuas hostilidades para ensalzar a los muertos. Me cuesta comprenderlo.

–No todo tiene que tener un porqué, Morrigan –respondió el ciervo, mientras tornaba a su apariencia humanoide. El anciano que se alzaba frente a Morrigan conservaba su cornamenta, mas el resto de su apariencia no era diferente a la de cualquier habitante del poblado.

–Me gusta comprender lo que me rodea, Cernunnos. Nada más –repuso la esbelta joven de negros cabellos en la que se había transmutado el cuervo. Cogió un racimo de uvas de la mesa y se llevó un par a la boca.

–Son mortales, temen el paso al otro mundo y añoran a los que ya no están. Esta es la mejor forma que tienen para sobrellevarlo. –El hombre coronado se acercó a un pequeño altar, bajo el que reposaban los huesos carbonizados de las ofrendas animales sacrificadas durante el Samhain. Entonó canto con su profunda voz, para guiar a los espíritus que aún vagaban de vuelta al otro mundo.

Morrigan observó en silencio, bebiendo hidromiel de una copa. Aunque su mirada era pícara y fingía no participar en el sagrado ritual, su corazón latía al mismo ritmo que el de Cernunnos al orar.

–Ha sido precioso –aplaudió Morrigan irónicamente al concluir el canto anual. –Casi se me salta una lagrimita.

–Siempre haces lo mismo, pero sé que tienes aprecio por las almas mortales. Tienen una vida corta, pero más intensa de lo que podemos imaginar.

Morrigan desplegó sus alas negras y se elevó, al igual que el sol de la mañana.

–Hasta el año que viene Cernunnos –se despidió Morrigan, evitando hablar más del tema.

–Hasta el próximo Samhain, Morrigan –contestó el anciano. Se mojó los dedos y apagó la última vela del altar. Antes de marcharse, pudo sentir el calor de los que ya no están en la punta de sus dedos.


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