La celebración comenzó cuando los druidas encendieron las hogueras y el humo se extendió por el claro. Kenneth cerró los ojos para aspirar mejor ese aroma tan familiar. También notó el delicioso olor a calabaza asada y se le hizo la boca agua al pensar en los dulces de calabaza que solo preparaban en Samhein. Cedió a la tentación y cogió uno: sabía a otoño, noches bailando, historias de espíritus y besos robados.

El chico se mezcló entre sus antiguos vecinos, con el rostro oculto tras una máscara similar a la que llevaba un grupo de bailarines. Sus ágiles figuras se movían con soltura alrededor de la hoguera más grande. Kenneth se estremeció por la rabia y la maldad ocultas en ese baile. Aceleró el ritmo de sus pasos, tenía que encontrar a Maeve cuanto antes.

Tres muchachas tocaban con unas flautas la alegre melodía que seguían los bailarines. La gente que escuchaba o veía la danza se sentaba en torno a ellos formando un semicírculo. Kenneth se acercó a un extremo procurando no llamar la atención. Se sentó sobre sus talones y extendió la mano hacia una joven de su misma edad. Rozó primero la fina tela que cubría su hombro, luego fue más allá y acarició la suave y familiar piel de su cuello, ese hueco junto al hombro en el que se había refugiado muchas veces antes de morir.

—Mav —susurró.

Como aún tenía el dedo apoyado contra su piel, sintió el temblor de que recorrió el cuerpo de Maeve.

—Cuidado, no deben verme —le recordó en voz baja y ella asintió.

Salió del claro, se quitó la máscara y esperó a su amada. La chica apareció al poco tiempo, sola y casi a la carrera.

—Te he echado de menos —dijo Maeve cuando le rodeó el cuello con los brazos.

Pero la casa de Maeve, el lugar al que fueron para estar a solas, no estaba lo suficientemente lejos de la fiesta. Kenneth negó con la cabeza al comprobarlo, se mojó dos dedos con saliva y apagó la vela que Maeve acababa de encender.

—No tenemos mucho tiempo y aquí no estaremos tranquilos.

—Ya lo sé —respondió la chica con tristeza. El velo que permitía a los muertos mezclarse con los vivos solo caía durante esa noche, en la que todo era posible. La salida del sol les separaría de nuevo hasta el próximo año.

—¿No te apetece una pequeña aventura? Vayamos todo lo lejos que podamos —propuso a sabiendas de que Maeve aceptaría y que luego, cuando volviera sola a la aldea y descubriese la verdad, le odiaría.

Salieron a la calle y, aunque a Kenneth le pareció que el olor a humo era ahora bastante más intenso, no dijo nada. No permitiría que el grupo de espíritus sedientos de venganza, que bailaban enmascarados haciéndose pasar por humanos, acabasen con la chica que amaba igual que pretendían hacer con el pueblo. Apretó el paso para estar lo más lejos posible cuando empezasen los gritos.

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