La madre de Erea apaga la vela con dos de sus dedos y, una vez se ha asegurado que los malos espíritus no entrarán en su casa, sale a reunirse con los demás. La sigo desde la distancia y observo que todo está preparado para Samhein: hay comida fuera de las casas para atraer a los fantasmas con buenas intenciones, la gente ocupa grandes mesas para darse el mejor banquete que se pueda permitir y han dejado los huecos pertinentes entre asientos por si los visitan del más allá a compartir esta noche.

Cuando tengo a la vista la hoguera dejo que la mujer se pierda entre sus vecinos. Por lo que a mí respecta, me muevo en silencio y continúo la celebración desde la distancia. Más de veinte personas bailan con máscaras de que evocan a los muertos y esperan que el nuevo año venga cargado de fortuna. Oigo cómo sube el sonido de los tambores y la danza se vuelve cada vez más frenética. Al festejo se incorporan unos niños con farolitos hechos con nabos. Recuerdo lo mucho que me gustaba esa parte y cómo mi abuela se encargaba de hacer los míos, a modo de tradición. Tal vez, si abro bien los ojos, podré encontrarme hoy con ella.

El aire huele a humo y a castañas. Los olores de las viandas se mezclan y me llevan a mi infancia de nuevo. La música cesa y uno de los druidas se dirige al resto con voz grave. Aprovecho que la atención de todos está fija en él para tomar algo de comida. Samhein sabe a nabo, a calabaza y a carbón. Paso los dedos por un mendrugo de pan arrugado y duro. Tras jugar con él, doy un mordisco. Los tambores hablan de nuevo para ahuyentar a los sluagh. De repente, aceleran el ritmo. El momento ha llegado. Me sitúo detrás de un carro para no perderme lo que vendrá a continuación.

Mis padres solían repetir, por estas fechas, que cada cosecha había sido peor que el anterior. Nadie sabía los motivos, pero los dioses no habían estado satisfechos desde hacía mucho, y no parecía bastarles con que les ofreciésemos lo mejor de nuestro ganado. ¿Qué más querían que les diésemos? Tras meses de deliberaciones y consejos, los druidas llegaron a un acuerdo.

A nosotros mismos, por supuesto.

Preparan para el sacrificio a Quillan. Parece resignado. Es curioso, porque casi puedo saborear su miedo. Es una mezcla de sal y vinagre. Y apenas puedo tocar su angustia, que es una especie de agua amarilla y viscosa. Como era de esperar, se revuelve. Le reducen entre tres hombres. Un cuarto clava un puñal en su pecho y, antes de cortarle la garganta, cierro los ojos.

Los abro despacio y me encuentro con los de Quillan. Me devuelve la mirada, sonrío y comprende todo.

Qué apropiado resulta que el hombre que me quitó la vida el año pasado pierda esta noche la suya. 

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