Diario del Sargento Michael E. Base Lunar Crescent. Entrada número 1982.

Aún tiemblo al recordar lo que acabo de vivir. Sentado en el Rover observó el espacio infinito y ni yo lo creo. 

Ojalá mi padre estuviese aquí, él dedicó su vida a investigar la misteriosa muerte de su abuelo, y antes que él su padre, convencidos de que no había pasado lo que el gobierno les había dicho.

Mi bisabuela tan solo recibió una medalla y una breve explicación de un accidente aéreo, junto a una suma tan considerable de dinero que la hizo sospechar que algo nos ocultaban, pero jamás se atrevió a hablar de ello.


Tras la muerte de mi padre, tomé como mi misión el acabar lo que él no pudo, y he pasado los últimos años investigando cada pista, cada resquicio, cada dato sospechoso que se cruzaba en mi camino. Mi investigación se convirtió en mi obsesión, mi vida pasó a un segundo plano.

Hace dos años me infiltré en esta base ubicada en la cara oculta de la Luna. Siguiendo una corazonada, averigüé que el último trabajo conocido de mi bisabuelo estaba de algún modo relacionado con la misión Artemis y la base en la que ahora me encuentro. Fue aquí donde los humanos comenzamos allá por el 2030 la investigación de otros planetas, sin encontrar rastro alguno de vida inteligente en ellos.


Papeles tachados y archivos corruptos era todo lo que había encontrado hasta que hace tres días descubrí unas coordenadas. Algo dentro de mí me hizo ponerme el traje de exploración y subir al viejo Rover.

La equis en mi mapa señalaba una solitaria lápida en medio de un cráter. En ella se leía claramente un nombre, tallado de manera tosca sobre el metal. Me arrodillé ante aquella tumba habiendo hallado por fin algún tipo de respuesta: había encontrado a mi bisabuelo.


Un pequeño ser apareció a mi lado sin que yo lo oyera aproximarse. Se ocultaba bajo una túnica blanca, de un color muy parecido al polvo lunar. Supe al instante que aquel ser no era humano, pero no tuve miedo, mi corazón no sintió otra cosa que calidez ante su presencia.

Una mano de dedos alargados salió de debajo de la túnica y dejó una maceta con tres girasoles algo mustios frente a la tumba. De pronto vi cómo los girasoles comenzaron a recuperar el color alzándose lustrosos y llenos de vida. 

Me giré hacia la figura oculta bajo la túnica y abrí los ojos de par en par al ver que uno de los dedos se iluminaba en la punta como si tuviese una bombilla dentro de él.

Acercó ese dedo a su corazón y éste se iluminó de tal forma que pude verlo claramente latir a través de la túnica. —Siempre aquí —Oí cómo me decía mientras que mis ojos se inundaban de lágrimas.


El bisabuelo Elliot tenía razón: los extraterrestres existen y hoy más que nunca estoy seguro de que el gobierno lo sabe y nos lo ha ocultado todo este tiempo.


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