Los ojos de Sira saltaban continuamente entre calzada y el informe que descansaba sobre el asiento del copitolo. Así que agradeció la escasez de tráfico de las primeras horas de la mañana. Con cada mirada furtiva se le escapaba una sonrisa triunfal. Estaba ansiosa por llegar al sector de las dependencias personales del Primer Ministro de Selenia, el único asentamiento humano en la Luna. Un paraíso reservado a un selecto grupo de elegidos. Y para ella, que descendía de una saga de servidores de la ley, la oportunidad de construir una sociedad íntegra lejos de la escoria terrestre. 

Pero después de dos décadas de paz, una chica había sido brutalmente asesinada en el distrito donde Sira ocupaba el cargo de inspectora jefe. Sin testigos ni pruebas en el escenario del crimen, la investigación era un infierno en el que llevaba semanas ardiendo mientras daba palos de ciego. Perseverar era un estigma de familia, así que no se rindió. Y después de revisar la escena una y otra vez, por fin había obtenido la recompensa a su tesón. Ese detalle que cualquier otro investigador obviaría, el desliz que el criminal no había podido evitar. Su victoria se escondía en aquel informe con el resultado de los análisis del laboratorio. Identificaba los ínfimos restos orgánicos que había hallado cuando estaba a punto de volverse loca pensando que el asesino escaparía.

Aparcó y cogió el documento, apretándolo fuerte contra el costado. Encontraría a ese desgraciado y lo enviaría a la Tierra, con el resto de perdedores. Después de recorrer tantas veces aquellos pasillos cargada con informes de fracasos continuos, ese día los atravesaba con la cabeza alta. Era la primera vez que acudía al invernadero privado del Primer Ministro, donde al mandatario le gustaba comenzar el día. Le encontró de espaldas, al fondo de una estancia de paredes de cristal recubiertas por fuentes de luz artificial.

—Señor Ministro, lamento molestarle pero tenemos los resultados del laboratorio.

—Maravilloso, querida. —El hombre se giró y esbozó una benevolente sonrisa paternal. Al ver el ramo que sostenía en la mano, Sira se quedó paralizada—. ¿Se encuentra bien?

—Sí, señor. —Agarró los papeles con fuerza—. Disculpe mi curiosidad pero, ¿son girasoles?

—Los ha reconocido, mis caprichos dorados. Son únicos en la Luna. Ocuparme de ellos cada mañana es mi pequeño placer secreto. Pero no ha venido a hablar de botánica sino de averiguaciones, ¿no es cierto? 

Sira bajó los hombros al tragarse el orgullo antes de contestar.

—Nada concluyente.

—Vaya, qué decepcionante. —Su voz le resultó demasiado neutra—. Quizá sea el momento de darse por vencidos

—Es posible, señor. Si me permite, debo retirarme.

El dirigente la despidió antes de volver a sus quehaceres. Ya en el pasillo, la inspectora abrió el informe y posó su mirada en el resultado: «Helianthus annuus, nombre común: girasol». Lo despedazó con rabia, como si así pudiera borrarlo de su mente. Pero era tarde. Ya sabía que no habría justicia, que no construirían una sociedad mejor. Que la maldad acompañaría a los hombres hasta el último rincón del Universo.

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  • 3 comentarios
  • L_Goimil @L_Goimil hace 8 meses

    Estaba pensando "a Raquel no hay quien la mueva del Top 1", y la verdad es que no me extraña. Un relato estupendo.

  • Laura_M_A @Laura_M_A hace 8 meses

    La reina del Inventizate! Enhorabuena por el primer puesto y el relato, la verdad es que es muy bueno ;)

  • ¡Qué bien llevado! Me ha gustado mucho como has hilado sutilmente su motivación de vivir en la Luna con el desenlace. Un primer puesto súper merecido.


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