El inspector llegó con sus agentes al sitio indicado. Sin embargo, sólo les esperaba un sobre. El inspector lo abrió y le pasó irritado la hoja de papel a su segundo. Este intentó no mostrar la sonrisa que quería asomarse por sus labios.


“Querido inspector Sánchez,

Si ve algo que pasa a su lado corriendo no se asuste: es un caracol.

Con cariño,

La Flecha”.


—¡Maldita Flecha! Nos ha vuelto a engañar.

—Ya le dije que la hora límite era la puesta de sol aquí en la Luna, jefe, no en la Tierra.

—¡Cállese! 

El inspector Sánchez estaba convencido de que esta vez iban a conseguir a atrapar a esa ladronzuela de “La Flecha”. Habían conseguido descifrar el mensaje correctamente y llegaban a tiempo. ¡Sólo se había equivocado con un minúsculo detalle! Ahora tenía que volver a la comisaría para informar a sus jefes de que había VUELTO a perder una joya robada por esa impresentable. Todo por no escuchar a su segundo. Ramiro le había dicho una y otra vez que la nota encontrada en el lugar del crimen hacía referencia a lugares en la Luna y que, por lo tanto, la puesta de sol tenía que ser la lunar.

“La Flecha” era una ladrona de joyas bastante particular: robaba un objeto y dejaba una nota para dar a la policía una oportunidad de recuperarlo. A veces se había conseguido, pero no siempre. El inspector estaba al mando de los casos que ocurrían en la Luna, que eran la mayoría.

Sánchez despidió a todo el mundo enfadado. No quería que lo viesen sufriendo el enésimo rapapolvo del caso. Ramiro se fue a su casa, no sin antes hacer una pequeña parada. Él había hecho su trabajo, si no le habían escuchado no era culpa suya. No se iba a preocupar por el inútil de su jefe. Al entrar olió unas cookies haciéndose al horno. Kenneth, su marido, había tenido un buen día. Sonrió, fue hasta su despacho y le dio un abrazo por detrás.

—¡Te atrapé! —dijo besándole suavemente la mejilla.

—Felicidades, has atrapado a “la Flecha”. —Se giró y le dio un beso de bienvenida—. ¡Oh! ¡Unos girasoles! ¿Son para mí? 

—Sí. —Le dio el ramo—. Me parecen mucho más bonitos que esa horterada de joya que has robado. Pero tenía que felicitarte, has vuelto a engañar a Sánchez.

—Cariño, el día en el que Sánchez me capture, me pienso retirar.

—Se bueno. No será el hombre más brillante, pero no es mal tipo.

—No—admitió el ladrón—. El que se meta con mi inspector se las verá conmigo.

Ramiro tuvo que reírse. Kenneth cerró su despacho, que brillaba con todas las joyas que había ido amasando después de toda una vida de latrocinio, y fue a sacar las cookies del horno.

—¿Sabes qué? —dijo pensativo— Creo que la próxima vez robaré en Marte. He visto un joyón precioso.

—No, por favor, los inspectores allí son unos muermos.

—¿Plutón?

Ramiro sonrió maliciosamente.

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