Eva miraba por la ventana:

—…No elegí nacer… igual que no elegí enamorarme de ti…–lamentó.

En la mesa la vela de la magdalena humeaba el deseo, oculto a voces, de sus lágrimas. Dos copas de vino imploraban unas gotas de roja alegría. Serpenteé hasta a la ventana. Fuera, la lluvia depuraba inútilmente la podrida ciudad.

—Hay cosas que no te he dicho. Sé que no es suficiente para que me perdones, pero quiero dejarlo todo atrás y beberme una copa, contigo a mi lado... Necesito descansar, déjame dormir aquí esta noche –la engatusé.

Se volvió. Sus ojos me miraron con el fuego de mil soles.

—…Eres un cabrón…Ésto no funciona.

—Es un simple cumpleaños…–banalicé.

—Es la gota que colma el vaso…

—¿Cuántas veces la he cagado? ¿Y cuántas te he dicho que lo sentía? No existen las historias románticas, no hay puesta de Sol. Sólo existe el ahora y sólo estamos nosotros dos, algo que puede resultar acojonante pero, si cierras los ojos y escuchas el susurro de tu corazón, si lo sigues intentando, llegará un momento en el que principio y final se desdibujen y todo será un “hasta que volvamos a reconciliarnos”.

Eva, tras pensarlo mucho, cogió la magdalena, le quitó la vela y le dio un mordisco.

—Está rica…

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