La Luna. Un lugar inhóspito y desolado ahora que las fronteras de los viajes espaciales se extendían más allá del sistema solar, con miles de misteriosos planetas por descubrir. Tan solo un lugar se mantenía en pie, conservando la vida y el bullicio del primer día, tras convertirse en un sitio de culto para los pilotos de toda la galaxia: La Cantina.

Troy aparcó la nave en la superficie lunar, bajó de un salto y se giró para admirar a su pequeña. Ser inspector era un trabajo duro, especialmente para un tipo como él.

Entró con el traje espacial aún puesto, mientras todas las conversaciones cesaban para fijarse en aquel extraño personaje con un ramo de girasoles en la mano.

—Ohh yeah, baby. —el casco se abrió para mostrar un inusual tupe y unos ojos encendidos.

Se iba quitando el traje al tiempo que avanzaba, lanzando las partes sobre sillas, mesas y personas por igual. El alienígena al que le había caído el casco ya se estaba levantando furioso cuando los pantalones del traje de Troy cayeron, dejando a la vista su pistola de rayos y su placa.

—¡Maryy! ¿Dónde te has metido? —gritó entre la creciente charla que volvía a llenar el bar. Una de las camareras se asomó desde la barra. Al ver a Troy fue corriendo hasta él.

—¡¡Troy!! ¡Menos mal que has llegado! No sabía a quien más llamar... —rompió a llorar en sus brazos.

Troy tenía la mirada fija en la enorme cristalera del lugar. Mary siguió su mirada hasta la nave que descansaba fuera.

—Idiota... ¿nunca cambiarás ese trasto? ¡Y ya te he dicho que tenemos un hangar!

—¡Haha! Tranquila baby. Dime cómo era ese tipo —dijo entregándole los girasoles.

—No pude verle —balbuceó sorbiéndose las lágrimas—. Pero Fluffy es así de grande —añadió abriendo los brazos.

Fluffy era su mascota, un cachorro de franfursiano, que había sido robada hace unas horas. Sin embargo la salida del hangar había sido bloqueada. El ladrón aún seguía allí.

—Hmmm déjamelo a mí.

Troy se levantó. Pistola en mano, su mirada barría el local. Algunos empezaban a recoger intuyendo lo que estaba a punto de suceder.

—¡Eh tú! ¡Bonita mochila! Seguro que ahí dentro cabe un franfursiano… ¿¡Sabes cuántos años te pueden caer por robar uno!? —sonreía mientras hacia girar la pistola en su mano. Alguien empezó a correr. La sorpresa hizo que apretara el gatillo, mandando un rayo de energía a rebotar por toda la cantina; la gente intentaba esconderse en medio del caos.

—¡Troy mira! —Mery estaba pegada al ventanal. Una pequeña figura avanzaba hacia la nave de Troy.

—¡Mierda! ¡Ya te tengo cabrón! —vociferó lanzándose contra la cristalera. El golpe le dejó en el sitio, intentando coger aire, con los ojos fijos en su nave. De pronto se percató que no notaba el peso de las llaves en su bolsillo.

—No no noo... —La figura ya cerraba la cabina y los motores empezaban a escupir fuego.

La nave se elevó, empezó a acelerar y... cayó otra vez, estrellándose.

Troy ya se llevaba las manos a la cabeza.

—¡La gasolina, baby!

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