La detective Nehme entrecerró los ojos y arrugó la nariz en un gesto inquisitivo que solo adoptaba cuando algo no encajaba. Ante ella, la reclusa 4500 del penal Perséfone III mantenía la vista fija en sus zapatos mientras estrechaba con fuerza un ramo de girasoles selenitas. Eran unas flores extrañas, negras y grises, que solo se cultivaban en los invernaderos de aquel satélite convertido en cárcel.

—No sé si intentas proteger a tu compañera de celda porque te importa o porque la temes —le dijo Nehme con amabilidad—, pero si es esto último, no te preocupes. Su culpabilidad es indudable. Será llevada a la Tierra, juzgada y ejecutada.

La expresión de la presa, hasta entonces neutra, pasó a ser de consternación.

«Así que ella le importa» dedujo la detective.

—El caso —continuó— es que me gustaría conocer el móvil. Si tu amiga tenía un motivo medianamente razonable para hacer lo que hizo, es posible que el jurado se muestre más clemente con ella.

La versión oficial era que la prisionera 6810 había matado a una guardia cuando esta la descubrió robando un medicamento. Pero aquello no tenía sentido. ¿Por qué iba a robar un medicamento que tenía derecho a solicitar si estaba enferma?

Sus palabras surtieron el efecto esperado. Los ojos de 4500 brillaron, esperanzados. Abrió la boca para decir algo, pero en el último segundo dudó. Nehme maldijo para sus adentros.

—¿De quién se trata? —la presionó—. ¿Quién necesitaba esa medicina tan desesperadamente como para que 6810 matase para conseguirla? Cuando la capturaron, aún la llevaba encima y sin abrir, lo que significa que esa persona no la recibió. En ese caso, su vida podría estar en peligro.

4500 había palidecido. Iba por buen camino.

—A partir de ahora las medicinas estarán mucho mejor vigiladas —continuó ella—. Nadie podrá robarlas para llevárselas a esa persona enferma. ¿Vas a dejar que empeore? ¿Permitirás que la persona por la que 6810 va a perder su vida muera?

Finalmente, la presa 4500 se derrumbó y guió a la detective hasta un pequeño almacén escondido. El lugar estaba clausurado, pero 4500 forzó la cerradura con sus tijeras de podar.

El interior estaba lleno de cajas vacías y en una de ellas, a la que se le había retirado la tapa para convertirla en cuna, había una niña de unos tres años. Los mechones de pelo negro se le pegaban a la frente empapada. Sus ojos azules las miraron, febriles.

Nehme la contempló boquiabierta.

—¿Cómo…?

—Es la hija de Sara —explicó 4500, empleando el nombre civil de 6810—. La dio a luz en secreto, unos meses después de llegar aquí. Sabía que si las guardias la descubrían se la llevarían y no volvería a verla. Por favor, no deje que mueran. No deje que las separen.

La detective suspiró.

—Haré lo que esté en mi mano. Lo prometo.


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