El cuerpo seguía pegado a la cúpula protectora del invernadero. Tras él la Tierra se recortaba sobre un fondo negro repleto de estrellas. 

—¿Por qué sigue ahí? —preguntó Moisés sin lograr apartar la vista del cadáver. 

Martina le golpeó en la cabeza con el ramo girasoles que aún sostenía. Los había arrancado del suelo porque le habían parecido artificiales, pero se había equivocado. 

—¡Idiota! En la Luna no hay corriente de aire que se lo lleve. 

Moisés asintió rascándose la zona golpeada. No comprendía porque estaban allí con la de casos pendientes que tenían en la Tierra. La puerta tras ellos se abrió y entró el equipo de seguridad arrastrando a una persona que pataleaba entre voces y quejas. 

—¡Soltadme! —gritaba el hombre intentando liberarse de los guardas— ¡Que me soltéis! 

Martina se dirigió hacia ellos y los hizo detenerse con un gesto de la mano. Estos obedecieron y soltaron al hombre que cayó de bruces al suelo. 

—Muchas gracias, señores —dijo Martina—. Pasa a ser responsabilidad nuestra. 

El equipo de seguridad asintió y retrocedió hasta la puerta donde se cruzaron de brazos, aguardando nuevas órdenes. 

—¿Quiénes sois? ¿Por qué me habéis traído aquí a la fuerza? —gritó el hombre furioso mientras se levantaba del suelo. 

—Señor Wenceslao, cálmese. Nos manda la central terrestre a resolver esto. 

—¡Exijo saber quiénes son! —volvió a gritar 

Martina sacó una tarjeta de uno de sus bolsillos y se la extendió. Wenceslao se la arrancó de la mano. 

—Martín y Prados, ¿detectives privados? —preguntó extrañado—. ¿Es algún tipo de broma? ¿Por qué os ha mandado la central aquí arriba? 

—Creo que es bastante obvio… —Moisés señaló el cuerpo que flotaba ingrávido fuera de la cúpula. 

—Yo no… ¡Yo no sé nada de eso! —balbuceó el hombre. 

Martina hizo una seña y uno de los guardas se acercó con una tableta holográfica. Tras algunos gestos sobre la pantalla táctil una grabación de seguridad se dibujó en el aire frente a ellos. Dos figuras tomaron forma y ganaron nitidez. Dos figuras que discutían acaloradamente. Una de ellas era el cuerpo que flotaba en el exterior. La otra estaba arrodillado ante ellos. Moisés alargó la mano y deslizó los dedos por la pantalla. El holograma se dividió en dos mostrando dos secciones distintas de la base lunar. En una se veía el interior del invernadero donde estaban ahora. En la otra aparecía Wenceslao en la sala de control de la base. Segundos después se le ve accionar un botón y la exclusa de seguridad del invernadero se abre, expulsando al hombre con el que había discutido al exterior. 

Wenceslao mira la pantalla unos segundos antes de agachar la cabeza y romper a llorar. 

—¿Por qué lo hizo? 

El llanto desconsolado se detuvo y Wenceslao levantó la mirada enrojecida, furioso. 

—Le tocaba hacer la cena e hizo pizza. 

—¿Cuál es el problema? —preguntó Moisés—. A todos nos gusta la pizza. 

—¡Pero no con piña! —gritó Wenceslao antes de romper a llorar de nuevo. 

Martina y Moisés se miraron con cara de asco. Luego Moisés esposó a Wenceslao y le obligó a levantarse.

—Nos volvemos a la Tierra.


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