—¡Ahí tienen al ladrón!


El pálido dedo de la embajadora argi apuntaba a su compañero, un ilun de piel oscura que la miraba con el ceño fruncido.


—¿Me está acusando, Sorní?


—¿Usted qué cree, Llach? ¡Era el único a mi lado cuando se apagaron las luces!


A mi lado, mi madre suspiró. Como embajadora terrícola, estaba invitada a la inauguración del consulado, e insistí en acompañarla. El clima en la Luna nunca fue precisamente cálido.


Nadie sabe cuándo ni por qué, pero así había sido siempre. Los argi contra los ilun. Los munar del lado visible contra los de lado oculto.


Incluso tenían embajadores distintos en otros planetas. Así que el resto de representantes encontraron la solución. Un consulado entre ambos pueblos. Aunque no salió demasiado bien.


—Shun —mi madre me acarició la mano—. ¿Te importa...? 


Yo asentí en silencio. Puede que fuera mi día libre, pero creí más importante evitar una crisis planetaria.


—¡Haya paz! —mi madre se levantó, hablando con voz firme—. Lo que debemos hacer ahora es averiguar qué ha pasado.


—Pasa que una reliquia de nuestro pueblo ha desaparecido —espetó Sorní—. Y no pienso tolerar semejante falta de respeto hacia los argi.


—¿Y yo debo tolerarla hacia los ilun? —replicó Llach.


—¡Basta! —la sala se sumió en la quietud—. Mi hijo Shun es detective de la policía. Dejadle echar un vistazo. .


Capté de reojo la sonrisa burlona del embajador del Sol, Elias, sentado en primera fila. Sus cuidadas manos se centraban en deshojar dos enormes girasoles.


—No se preocupen. Yo me encargo...


Subí a la tarima. Sorní alzó la barbilla, como para compensar el metro cincuenta de los munar.


—¿Me permite, embajadora?


Tras resoplar, aceptó subirse a uno de los sillones para que su nuca inmaculada quedara a la altura de mis ojos. Con cuidado, aparté su melena oscurísima.


—Dice que le quitaron la joya de un estirón —ella asintió—. ¿Y no le dolió?—Un nuevo asentimiento—. En tal caso, el collar estaba suelto cuando pasó todo. Si hubiera estado bien sujeto, tendría marcas en la nuca. Esto se planeó con antelación.


—Pero… ¡Eso no puede ser! El señor Elias vio que el cierre estaba flojo, y lo ajustó personalmente antes del discurso.


—Ajá… —algo dentro de mi cabeza encajó por fin— Una última pregunta. Los munar ven en la oscuridad, ¿no?


—Sí. Pero en medio del caos…


—Incluso en medio del caos se distingue una fuente de luz pura.


—Supongo...


—Y eso es precisamente lo que son los soilen. Pueden controlar la luz, ellos mismos la desprenden —me volví hacia mi público, listo para el gran final— ¿No les parece raro que durante el apagón no se viera nada? ¿Nada en absoluto?


La rapidez con la que el embajador se puso en pie me confirmó lo que ya sabía. Los guardias no tardaron en inmovilizarlo. Llach se acercó a él y, triunfante, sacó la joya de su bolsillo.


—¿Me permite, embajadora?


Ella, algo cohibida, se apartó el pelo para que las manos morenas pudieran ajustarle el collar.


—¡Esto hay que celebrarlo! —exclamó Sorní.


—Naturalmente —respondió Llach.


Viendo mi oportunidad, me adelanté a sus propuestas:


—¿Qué tal con una tregua?

Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    No entiendo que la puntuación sea tan baja, es una clásica escena a lo Agatha Christie muy divertida y bien llevada. Me gusta ese juego sociopolítico que se deja ver.


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