Que me hayan destinado en la Luna es una putada. Es algo a lo que te expones si atizas a tu jefe con una guía telefónica. Reconozco que no era mi estilo, pero desde el descubrimiento por parte de la policía lunar del primer cadáver todo en mi vida cambió: comencé a fumar y a beber alcohol barato. Discutí con compañeros y superiores, y comencé a saltarme las normas. Tras mi traslado firmé el divorcio y fui de esos polis que preferían estar solos. Total, solo me quedaba un año y medio para jubilarme.

Así que aquí estoy, en el módulo selenita de un conocido pintor. He convocado a los sospechosos, los tres únicos que disponían de la clave de acceso al apartamento, y me esperan de pie en un rincón. ¿Sería su casero? ¿O quizá su novia? ¿O Tom Cópito, un cliente insatisfecho?

Tengo una corazonada.

Enciendo la grabadora de mi móvil.

—La víctima ha recibido varias puñaladas y tiene seccionado el lóbulo de la oreja derecha. Sobre el pecho tiene dos girasoles…

Ha sido El holandés. Aquel tipo se dedicaba, desde hacía más de un año, a liquidar críticos de arte y su firma siempre era la misma: dejaba esas dos flores y hacía lo de la oreja, imitando a Van Gogh, y de ahí su sobrenombre.

—¿Dónde están los girasoles? —Recorro la habitación con la mirada. La novata los sujeta con cara de pánfila.

—Iba a embolsar y etiquetar, jefe.

Chasqueo la lengua. La chica tiene buenas intenciones. Cree que puede cambiar el mundo siguiendo las reglas. Quiero reír, pero toso. Mataría por un cigarrillo, pero en esta prohibido fumar en el satélite. Sigo a lo mío. Me dirijo al trío de sospechosos.

—Tienen un jodido asesino en serie en la Luna, y el culpable está frente a mí.

Me acerco al cliente y tiro de su nariz. Como sospechaba, una máscara de látex ocultaba al auténtico criminal.

—Volvemos a encontrarnos, doctor O´Pico.

—¿Cómo lo supo? —Rio y ofreció sus manos para ser esposado.

—Cuando estás en la calle todo se convierte en un maldito cliché. Y tu nombre tampoco ayudó. ¿T. Cópito? Si recoloco las letras obtenemos a T. O´ Pico.

—Culpable, lo reconozco. —Cambió su mirada y su tono se voz se volvió sombrío—. Pero no se emocione, detective. Muy pronto estaré de nuevo libre. Tal vez cave un agujero en mi celda con una cucharilla y lo taparé con un póster.

—Llevénselo —ordeno.

La nueva se acerca por la espalda y pone su mano en mi hombro.

—Tranquilo, jefe. Ha sido una victoria. ¿Qué tal si lo celebramos? Conozco en un sitio en el que casi sirven alcohol de verdad.

Al día siguiente mi ayudante y yo amanecemos en mi apartamento. La sábana me cubre hasta la cintura y a ella hasta el cuello. Se despierta, se enrosca en la ropa de cama y prepara café.

—Buenos días, guapo. —Se gira y me guiña un ojo.

—Mierda. —Sacudo la cabeza—. O´Pico ha escapado.

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