Marta miró por la ventana. El cristal empañado teñía la noche de gris. Resignada, acarició el libro abierto y lloró. Sobre la mesa, una vela clavada en la cima de una magdalena iluminaba la estancia. Volvió a leer el hechizo en voz alta, esta vez entre sollozos. Tenía que hacerlo. Él debía venir, pues su sangre infectada ya había tornado verde casi toda su piel. Solo sus manos mantenían el color pálido que siempre tuvieron. Así que repitió el hechizo otra vez. Las lágrimas le impidieron distinguir las letras, pero Marta había acabado por aprendérselo de memoria. Al fin y al cabo, llevaba toda la noche recitándolo.

Histérica, lanzó el libro y gritó con todas sus fuerzas, aun sabiendo que nadie podría escucharla allí, en la cabaña. Levantó las manos y vio que el verde había ascendido hasta sus nudillos. Se dejó caer en el suelo, llorando. Él tenía que venir.

De pronto, Marta sintió el frío en su espalda. Alguien había abierto la ventana. Fermín entró, cogió la magdalena y sopló la vela.

—La luz de nuestro aniversario me ha guiado hasta aquí –dijo.

Él la besó, y el verde de la piel de Marta desapareció por completo.

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