Se conocieron un año antes, en una verbena organizada por el ayuntamiento. Habían bailado agarrados, sin arrimarse, bajo la atenta mirada de Don Sinesio. El cura no podía separar más que sus cuerpos, sus miradas eran otra cosa.

Él pretendía parecer impasible, pero sus ojos brillaban completamente enamorados. Marina, en aquel momento, se sentía una pequeña niña. Al finalizar la noche, Martín le dejó disimuladamente, en la palma de la mano, un papel de fumar con su dirección escrita a lápiz.

Se demoró en enviar la primera carta por miedo al enfado de su padre. Aunque fuese honrado, Martín era muy humilde, no lo aprobaría. Sin embargo, descubrió con el paso de los días que sentía demasiado, que le explotaría el corazón de intentar olvidarlo sin más.

Margarita, la sirvienta más joven, era una amiga. Habían crecido juntas. Cuando le trajo el sobre a escondidas, meses después de su carta, las dos se emocionaron al abrirlo. Era terrible. ¡Martín estaba en África, en la guerra del Rif! No había podido pagar la exención.

Desde aquello vivió temerosa por su vida, aunque cada vez más valiente. ¿Y si un día dejasen de llegar cartas? Lo buscaría. Lo rescataría. Decidió hablar con su padre. Tendría que aceptarlo. Ayudarlo. Pero entonces: «Marina, ¿me podrás querer cojo?». Una bala lo devolvió a casa. Tardaron meses en darle el alta. ¡Desesperaba por volver a Madrid! 

Lo citó en Puerta del Sol, bajo el reloj de correos, escondidos en las calles vacías del fin de año. ¿Estaría? 

Marina se había escabullido de la vigilancia de los nuevos sirvientes, saliendo a hurtadillas, para calzarse luego sus zapatos de charol. 

Lo imaginó como la primera vez, con su traje de hilo, el pelo negro engominado, y un bigotito sobre su boca. Lo evocó bajando por Alcalá, encendiendo un cigarrillo y mirando de reojo la hora. Pero no estaba. «¡Martín!», gritó.

Acarició el collar de perlas. Caló su gorrito emplumado. Apretó el abrigo de visón, cerrándolo sobre el delicado satén de su vestido de fiesta, recién comprado en los Madrid-París.

Se acercó a un grupo de muchachos vestidos de forma extraña.

—Disculpen, ¿hoy es 31, verdad?

—¡Van a sonar las campanadas, señora!

—Sí, sí. Gracias —dijo por decir, alejándose aturdida. Sus miradas la hirieron. Escuchó sus risas.

«Martín, dónde estás Martín». Pensó angustiada. Con verlo olvidaría aquella multitud, aquel ruido, aquella pesadilla que la perseguía desde que se había levantado de la cama a hurtadillas. 

Alguien la agarró. Una mujer madura la miraba con los ojos brillantes, a punto de llorar:

—Abuela, qué susto nos has dado. Vamos a casa. Por favor.

—¡¿Quién eres?! Yo... Tengo que encontrar a Martín.

La mujer le acarició la mejilla, muy dulcemente. Era una caricia sincera, llena de amor. Pudo sentirlo. Entonces, Marina se miró las palmas vacías, retiró uno de los largos guantes de terciopelo negro y descubrió una mano anciana. Rompió a llorar.

—Tranquila, abuelita, no llores —dijo acariciándola.— Me quedaré contigo hasta que te duermas y te contaré todo sobre vosotros. Sé que te gustará.

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