Maruxa se sentaba en la única silla libre a la vez que pateaba con fingida dulzura la cola del centauro a su lado, esos híbridos equinos la volvían loca con su poco decoro y su enorme falta de respeto por la nariz de los demás. Y lo peor era que desde el final de la guerra mágica, miles de minotauros, faunos, centauros como aquel y, por si fuera poco, duendes se habían mudado a la gran capital. Madrid estaba a rebosar y la Puerta del Sol, a esas horas, más. Si es que de verdad, ¿a quién se le ocurría ir a desayunar en aquella plazoleta que no tenía nada además de cuatro mesas y dos árboles medio muertos? Pues a todo el mundo, se respondía a sí misma con fastidio.

Abrió su periódico con el desgarrador sonido del papel como su timbre predilecto y se cruzó de piernas. «La última moda de los felices años veinte: sombreros con plumas», titulaba la página de variedades. «Si vieran lo que tenemos en Galicia se mueren la niñas pijas estas, humanos tenían que ser…», pensaba entre bufidos de hastío. Sin embargo, tenía razón. Su estilo sofisticado, con su vestido de corte recto en tono salmón, cinturón beige a la cadera y collar de perlas que le pasaba los pechos era todo lo que la representaba. Una mujer sobria, sencilla y, sobretodo, a la moda. Nada de sombreros extraños ni zapatos con brillantes, no, ella se mantendría fiel a sus costumbres.

Para cuando llegó el camarero, Maruxa estaba a punto de levantarse. ¿Cómo podía ser que en pleno centro la tuvieran esperando más de diez minutos? Una verdadera locura. Ordenó el café negro sin mirarlo y siguió con la sección de entretenimiento, el crucigrama no iba a resolverse solo. Apenas iba por la mitad cuando aquel chico joven lleno de granos llegó con su pedido en una bandeja que, a su criterio, necesitaba una limpieza urgente.

—Aquí tiene, señora… ¿Bruxa?

—¿Cómo que bruxa? ¿Qué dice usted? Pero bueno, hubiese visto… Soy una meiga, rapaz, una meiga. ¿Me ves cara de pactar con o demo o qué? Humano tenías que ser…

Maruxa resopló y lo vio alejarse a las corridas, debería haberse quedado en su tierra como le dijo su madre. Si no fuera porque tenía más trabajo allí, ya se habría ido. Volvió a su crucigrama con la mañana ya arruinada, el vestido oliendo a centauro y el café amargo, ni un solo azucarillo le había traído aquel ineficiente.

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